Por Andrés Fluxa /
Juan Pedro y Domingo Miguel Lioi tienen 67 años y no conocen el mar. Entre otras cosas, el trabajo que tienen, no les permite viajar; pero hay muchas más que han ganado gracias a él.
Nacieron el 1º de abril de 1944 y quizás, para muchos que los conocen (porque son muchos los que los conocen) esté demás decir que son gemelos. En 1946, a los dos años, se fueron de Bell Ville y se vinieron a Cañada de Gómez, o mejor dicho, para reproducir su forma de contarlo, “bueno, nos vinimos… mejor dicho nos trajeron, porque con dos años…”.
Hasta 1974, hasta los 36 años, vivieron en el campo. Luego se trasladaron a la ciudad y comenzaron a trabajar en la cartonera. Allí estuvieron por 9 años hasta que pudieron comprar el reparto de diarios. El resto de la historia, el resto de sus vidas, es historia conocida y fácil de contar: por más de 30 años, repartir día tras día.
Los Lioi reparten, no sólo diarios, porque a la tarde, cuando terminaron con las noticias y las revistas del corazón, siguen repartiendo. A lo largo de todo este tiempo repartieron de todo: carbón, jugo, recibos del cable, guías telefónicas, huevos de pascuas, budines y, en este momento, agua.
- Siiii… hola… ahhh… quiere que le lleve agua. Bueno, pero hoy no. No, no puedo hoy. Tengo una conferencia de prensa. Si, una conferencia de prensa, me están haciendo una nota. Si, si, bueno, mañana, mañana. Chau.
- ¿Querían agua?
- Uhhhh… con este calor nos vuelven locos.
- Así que a la tarde también salen.
- Si, siempre nos gusto estar en la calle. Cuando estamos en nuestras casas nos aburrimos, no podemos estar. Y en la calle conocemos a todo el mundo. Estamos en todos lados. Algunos no se explican como podemos estar en el barrio sur y de pronto nos ven en la ruta. Pero claro… ¡si somos iguales! El a veces está acá y yo estoy allá”.
- ¿Y cómo es un día de trabajo?
- Hace 31 años que nos levantamos a las 5.30 de la mañana. Desayunamos y arrancamos con La Capital y Estrella, y a las 7.30 estamos de vuelta. Leemos el diario y tomamos un café con leche. Después salimos de vuelta con los diarios de Buenos Aires. A las 12.30 terminamos, almorzamos y claro… la siesta es infaltable. Después, a la tarde, repartimos agua. Y así de lunes a lunes, todos los días sin vacaciones. 361 días de trabajo al año. Los únicos días que descansamos son 4: el Día del Trabajador, Navidad, Año Nuevo y el Día del Canillita”.
Quizás Juan Pedro y Domingo Miguel no correspondan a la imagen clásica que tenemos del canillita, ese chico de piernas flacas y pantalones cortos que vocea las noticias en alguna esquina de una gran ciudad, ese personaje que adquirió su denominación a partir de la obra “Canillita” de Florencio Sánchez, dramaturgo uruguayo que también dio origen al “Día del Canillita” como conmemoración de su fallecimiento el 7 de noviembre de 1947. Quizás no sean ese tipo de canillitas, pero sin duda alguna también despiertan el cariño de la gente, porque los canillitas, como los hermanos Lioi, son de esos personajes y de esas profesiones queridas por la entrega y la persistencia. Con frío, con mucho frío, o con calor, estarán en la calle. Vendiendo. Repartiendo.
Hay trabajos que se encarnan, que son parte de la persona y que la definen. Hay trabajos que no son pasajeros y que requieren de ciertas privaciones que muchos no están dispuestos a conceder, porque para muchos, tener sábados y domingos libres, fines de semanas largos para viajar, feriados y vacaciones, para muchos es fundamental. Pero a los hermanos Lioi, no disponer de estas conquistas sociales, de estos beneficios para el trabajador, parece no afectarles el humor. Y así como ellos conocen a todos gracias a la calle, todos los conocen a ellos y a su expresión más famosa, que bien representa esa combinación de sacrificio y buen humor: “Qué cassssstigo, qué desssssgracia”.
Los Lioi son cómicos por naturaleza. Lo llevan en la sangre. Y como enuncia el título de una nota que le hicieron para un suplemento de La Capital, son como “Como dos gotas de agua”. Son iguales, no solamente por ser mellizos y por trabajar en lo mismo, sino también por esa forma de ser, siempre bromeando y haciendo reír a quien se cruce en su ruta del reparto.
- ¿Y cuando no trabajen más? ¿Qué van a hacer?
- Y… vamos a ir al centro a mirar las chicas…
Por supuesto… las risas son generalizadas.
A esa altura ya no pienso en la nota. Hay momentos en una entrevista en que conviene disfrutar de las personas fuera del rol del entrevistador: esta es una de esas ocasiones.
La charla termina con un festival de chistes verdes que por cuestiones de espacio, sólo por cuestiones de espacio, no pueden reproducirse aquí.
“Qué cassssstigo, qué desssssgracia”.
























