- …Van al cine, se sientan y dicen: “Muéstreme”. Luego sienten deseo de anticipar: “Adivino lo que va a suceder”. Y yo me veo obligado a recoger su desafío: “¡Ah, sí! ¿Conque eso cree? Bueno, vamos a ver”. En Los Pájaros he procedido siempre de tal manera que el público no pueda adivinar cuál será la escena siguiente. (De “El cine según Hitchcock”, François Truffaut)
—
¡Que gran ciudad San Francisco! Esa ciudad que Mitch comparaba con un hormiguero al pie de un puente.
Fue en la tienda de mascotas “Davidson´s” donde Melanie conoció a Mitch, un abogado de facciones épicas que buscaba un par de tórtolas, también llamadas “amantes”, “periquitos”, “inseparables” o “love birds”. Lo raro fue que Melanie, a pesar de la arrogancia con la que se manejó el abogado, lejos de alejarse sintió un extraño deseo de seguirlo hasta Bahía Bodega, un pequeño poblado a 100 kilómetros de San Francisco donde Mitch pasaba sus fines de semana.
El viaje por la carretera de la costa fue maravilloso. Melanie disfrutaba una sensación de estar volando, ese vértigo que da la modernidad, un automóvil descapotable, la velocidad; se sentía libre, fuera de la rutina de la gran urbe. Pero a poco de llegar a Bahía Bodega, luego de sorprender a Mitch, ella también fue sorprendida por el ataque de un pájaro que sin ninguna razón aparente se desbocó en picada sobre su cabeza haciéndola sangrar.
- Melanie ¿Estas bien?
- Si, creo que sí. ¿Que le hizo hacer eso? – preguntó Melanie aturdida.
- No lo se, es lo más extraño que vi. Arremetió contra usted deliberadamente.
Ese fue el comienzo de un fin de semana inexplicable. En poco tiempo los ataques aumentaron hasta lo incomprensible. Primero fue sólo una gaviota; luego miles. Las preguntas y las hipótesis se hicieron inevitables.
- ¿Melanie, por qué atacan los pájaros? Esto es ridículo, tiene que terminar.
- Tal vez haya uno que es el jefe, un gorrión con mucho poder, un poder especial. Por supuesto que no un poder económico, ni siquiera carismático, no, simplemente un poder natural. Y este gorrión es el que está subido a un gran árbol sin hojas, en el medio de una gran y verde pradera y se dirige a todos los pájaros de todas las especies diciéndoles: “¡Pájaros del mundo entero, uníos! Nada tenéis que perder salvo vuestras plumas.”
- Vamos, deja de bromear.
- Conozco una señora que es ornitóloga…
- Perfecto, vamos a preguntarle a ella Melanie.
- No me dejaste terminar. Lo que iba a decir es que no creo que sirva de mucho recurrir a la ciencia en casos como estos. Un científico o una ornitóloga o lo que sea que se rija por cánones racionales no nos creería. Debemos reconocer, Mitch, que el progreso científico, a pesar de ser el culpable del trabajo en las grandes fábricas, de generaciones y generaciones de hombres alienados, de guerras mundiales y de bombas atómicas, y lo digo en plural porque hay muchas bombas que no han estallado y que siguen ahí, pero además, además Mitch, lo digo en plural porque siempre nos acordamos solamente de Hiroshima. Si alguien pregunta dónde tiraron la bomba los yanquis: en Hiroshima. Hasta los más grandes intelectuales como Resnais y Kurosawa les importa un bledo Nagasaki y se cuelgan de lo más publicitado: Hiroshima. Y hasta muchos saben que la bomba se llamaba “Little Boy” (Pequeño Muchacho), que el tipo que la tiró era Paul Tibbets y hasta podrían decirte que fue lo que pinto en el avión: Enola Gay, el nombre de la madre, que ternura… ¿Y el otro, el de Nagasaki? Ah no, ese tiene menos méritos, es menos taquillero… En fin, no quiero irme de tema, pero lo que te decía es que la ciencia, a pesar de todo eso, nos ha brindado la co-mo-di-dad y muchas cosas fantásticas, pero, querido, jamás podrá explicarnos por qué nos atacan estos pájaros endemoniados.
- Oh, yo pensé que quizás…
- Quizás nada Mitch, no pienses en este momento porque de nada te servirá. No hay patrones de racionalidad, no hay esquemas en tu cabeza humana que puedan ayudarte a resolver lo inesperado. Estamos preparados para responder a la rutina, a lo predecible, agradéceselo a la ci-vi-li-za-ción querido. Por ejemplo, hagamos de cuenta que no nos conocemos, que yo vivo acá y que vos sos el que venís a Bahía Bodega por primera vez. Preguntame dónde queda algún lugar haber…
- Bueno… disculpe señora ¿Me podría decir donde queda el Restaurant “La Marea”?
- El pato de pibe con viruta se me atascó en la manga de la camisa, traeme tres baños urgentes si no vas a tener que tomar un barco hasta Budapest.
- Ja. No entiendo.
- Y claro que no entendés, porque vos esperabas otra cosa, que tres cuadras para la derecha que dos para la izquierda que en frente de esto o aquello. El mundo está ordenado por leyes y costumbres que nos permiten vivir sin preocuparnos por lo inesperado. Y aunque te suene terrible, podemos esperar ser aniquilados por una bomba, pero no que la humanidad desaparezca por el ataque organizado de un inmenso, gigante, inconmensurable escuadrón de aves. Claro que no. Lo ilógico, lo asombroso, lo fantástico, muy rara vez o nunca aparece en nuestras vidas. El orden impera. Como también tiene su orden el mundo de la naturaleza, el animal y el vegetal. Los procesos de reproducción y de fotosíntesis, el clima, la temperatura, la lluvia, todo tiene un orden. Así que Mitch, quizás hayamos alterado ese orden y no nos corresponda quejarnos, ni siquiera asombrarnos. Y la ley, literalmente la ley ¿Que puede hacer la policía o un juez? Nada, absolutamente nada. Ante lo desconocido estamos desprotegidos querido; somos más vul-ne-ra-bles de lo que creemos. Además ¿Si éste es el fin del mundo, cual es el problema? No somos el centro del universo, que “gracias a Dios” no podremos alterar, y que de paso me da pie a recordarte que éste es un mundo finito, y ni hablar de la finitud del hombre.
- ¡Es el fin del mundo… una plaga enviada por Dios, un castigo!
- No entendiste nada de lo que dije. No todo tiene que tener una explicación ni una causa ¿No podes soportar que algo quede sin explicación, inexplicable, absurdo, fuera de tus posibilidades, inalcanzable? Ya desde aquel momento no te basto con inventar el origen del mundo, no; tuviste que anexarle como en un combo su final, su destrucción. Y cuando pudiste, cuando las circunstancias tecnológicas te lo permitieron, inventaste volar; y cuando no quisiste que algo vuele inventaste una jaula.
Mitch quedó meditabundo, con la mirada extraviada, un gesto preocupado y recordando aquel gorrión poderoso y un pasaje del Apocalipsis que dice: “Y vi un ángel que estaba en pie en el sol, y clamó a gran voz, diciendo a todas las aves que vuelan en medio del cielo: Venid, y congregaos a la gran cena de Dios…”. Y Melanie, aunque no escuchó su pensamiento, agregó:
- Te creo si me decís que el ataque de los pájaros es una metáfora de la ruptura Cielo-Tierra en el sentido Espíritu-Cuerpo. Pero en todo caso eso no sería un castigo, sino más bien una consecuencia de la inclinación desmesurada hacia lo terrenal del hombre en los últimos tiempos.
Y así hasta llegar a nada pasaron el fin de semana Melanie y Mitch en Bahía Bodega: corriendo de aquí para allá, escapando de una y otra bandada de pájaros revolucionarios ¿Pero estamos seguros de que fue solamente un fin de semana? No creo que sea tan sencillo como abandonarnos a los límites de la narración.
Me acuerdo de muchas películas, casi todas las que vi, en las que siempre el final feliz cierra la historia a la perfección, tal como queremos. Pero esto no es una película, no, no, no… Esto no es ficción donde más allá de los títulos no queda nada. Donde las letras suben como diciendo “bueno amigos se termino la función y el entretenimiento, ahora todos a casa que ya es hora de volver a la realidad. Hasta la próxima…”. No señores. Tenemos que pensar qué hay en ese mundo desconocido, en el que pocas veces nos animamos a entrar. Aunque sea seguro adentro y peligroso afuera hay que salir de la cómoda jaula.
- ¿Mitch…?
- Si Melanie.
- Acabo de acordarme de San Francisco y de tu comparación ¿Será que nos hemos vuelto insignificantes en la gran ciudad? Porque si San Francisco es un hormiguero, ¿nosotros que somos?
Rebelión en la granja – Por Andrés Fluxa
Por Andrés Fluxa
- …Van al cine, se sientan y dicen: “Muéstreme”. Luego sienten deseo de anticipar: “Adivino lo que va a suceder”. Y yo me veo obligado a recoger su desafío: “¡Ah, sí! ¿Conque eso cree? Bueno, vamos a ver”. En Los Pájaros he procedido siempre de tal manera que el público no pueda adivinar cuál será la escena siguiente. (De “El cine según Hitchcock”, François Truffaut)
¡Que gran ciudad San Francisco! Esa ciudad que Mitch comparaba con un hormiguero al pie de un puente.
Fue en la tienda de mascotas “Davidson´s” donde Melanie conoció a Mitch, un abogado con facciones épicas que buscaba un par de tórtolas, también llamadas “amantes”, “periquitos”, “inseparables” o “love birds”. Lo raro fue que Melanie, a pesar de la arrogancia con la que se manejó el abogado, lejos de alejarse sintió un extraño deseo de seguirlo hasta Bahía Bodega, un pequeño poblado a 100 kilómetros de San Francisco donde Mitch pasaba sus fines de semana.
El viaje por la carretera de la costa fue maravilloso. Melanie disfrutaba una sensación de estar volando, ese vértigo que da la modernidad, un automóvil descapotable, la velocidad; se sentía libre, fuera de la rutina de la gran urbe. Pero a poco de llegar a Bahía Bodega, luego de sorprender a Mitch, ella también fue sorprendida por el ataque de un pájaro que sin ninguna razón aparente se desbocó en picada sobre su cabeza haciéndola sangrar.
- Melanie ¿Estas bien?
- Si, creo que sí. ¿Que le hizo hacer eso? – preguntó Melanie aturdida.
- No lo se, es lo más extraño que vi. Arremetió contra usted deliberadamente.
Ese fue el comienzo de un fin de semana inexplicable. En poco tiempo los ataques aumentaron hasta lo incomprensible. Primero fue sólo una gaviota; luego miles. Las preguntas y las hipótesis se hicieron inevitables.
- ¿Melanie, porque atacan los pájaros? Esto es ridículo, tiene que terminar.
- Tal vez haya uno que es el jefe, un gorrión con mucho poder, un poder especial. Por supuesto que no un poder económico, ni siquiera carismático, no, simplemente un poder natural. Y este gorrión es el que está subido a un gran árbol sin hojas, en el medio de una gran y verde pradera y se dirige a todos los pájaros de todas las especies diciéndoles: “¡Pájaros del mundo entero, uníos! Nada tenéis que perder salvo vuestras plumas.”
- Vamos, deja de bromear.
- Conozco una señora que es ornitóloga…
- Perfecto, vamos a preguntarle a ella Melanie.
- No me dejaste terminar. Lo que iba a decir es que no creo que sirva de mucho recurrir a la ciencia en casos como estos. Un científico o una ornitóloga o lo que sea que se rija por cánones racionales no nos creería. Debemos reconocer, Mitch, que el progreso científico, a pesar de ser el culpable del trabajo en las grandes fábricas, de generaciones y generaciones de hombres alienados, de guerras mundiales y de bombas atómicas, y lo digo en plural porque hay muchas bombas que no han estallado y que siguen ahí, pero además, además Mitch, lo digo en plural porque siempre nos acordamos solamente de Hiroshima. Si alguien pregunta dónde tiraron la bomba los yanquis: en Hiroshima. Hasta los más grandes intelectuales como Resnais y Kurosawa les importa un bledo Nagasaki y se cuelgan de lo más publicitado: Hiroshima. Y hasta muchos saben que la bomba se llamaba “Little Boy” (Pequeño Muchacho), que el tipo que la tiró era Paul Tibbets y hasta podrían decirte que fue lo que pinto en el avión: Enola Gay, el nombre de la madre, que ternura… ¿Y el otro, el de Nagasaki? Ah no, ese tiene menos méritos, es menos taquillero… En fin, no quiero irme de tema, pero lo que te decía es que la ciencia, a pesar de todo eso, nos ha brindado la co-mo-di-dad y muchas cosas fantásticas, pero, querido, jamás podrá explicarnos porque nos atacan estos pájaros endemoniados.
- Oh, yo pensé que quizás…
- Quizás nada Mitch, no pienses en este momento porque de nada te servirá. No hay patrones de racionalidad, no hay esquemas en tu cabeza humana que puedan ayudarte a resolver lo inesperado. Estamos preparados para responder a la rutina, a lo predecible, agradéceselo a la ci-vi-li-za-ción querido. Por ejemplo, hagamos de cuenta que no nos conocemos, que yo vivo acá y que vos sos el que venís a Bahía Bodega por primera vez. Preguntame dónde queda algún lugar haber…
- Bueno… disculpe señora ¿Me podría decir donde queda el Restaurant “La Marea”?
- El pato de pibe con viruta se me atascó en la manga de la camisa, traeme tres baños urgentes si no vas a tener que tomar un barco hasta Budapest.
- Ja. No entiendo.
- Y claro que no entendés, porque vos esperabas otra cosa, que tres cuadras para la derecha que dos para la izquierda que en frente de esto o aquello. El mundo está ordenado por leyes y costumbres que nos permiten vivir sin preocuparnos por lo inesperado. Y aunque te suene terrible, podemos esperar ser aniquilados por una bomba, pero no que la humanidad desaparezca por el ataque organizado de un inmenso, gigante, inconmensurable escuadrón de aves. Claro que no. Lo ilógico, lo asombroso, lo fantástico, muy rara vez o nunca aparece en nuestras vidas. El orden impera. Como también tiene su orden el mundo de la naturaleza, el animal y el vegetal. Los procesos de reproducción y de fotosíntesis, el clima, la temperatura, la lluvia, todo tiene un orden. Así que Mitch, quizás hayamos alterado ese orden y no nos corresponda quejarnos, ni siquiera asombrarnos. Y la ley, literalmente la ley ¿Que puede hacer la policía o un juez? Nada, absolutamente nada. Ante lo desconocido estamos desprotegidos querido; somos más vul-ne-ra-bles de lo que creemos. Además ¿Si éste es el fin del mundo, cual es el problema? No somos el centro del universo, que “gracias a Dios” no podremos alterar, y que de paso me da pie a recordarte que éste es un mundo finito, y ni hablar de la finitud del hombre.
- ¡Es el fin del mundo… una plaga enviada por Dios, un castigo!
- No entendiste nada de lo que dije. No todo tiene que tener una explicación ni una causa ¿No podes soportar que algo quede sin explicación, inexplicable, absurdo, fuera de tus posibilidades, inalcanzable? Ya desde aquel momento no te basto con inventar el origen del mundo, no; tuviste que anexarle como en un combo su final, su destrucción. Y cuando pudiste, cuando las circunstancias tecnológicas te lo permitieron, inventaste volar; y cuando no quisiste que algo vuele inventaste una jaula.
Mitch quedó meditabundo, con la mirada extraviada, un gesto preocupado y recordando aquel gorrión poderoso y un pasaje del Apocalipsis que dice: “Y vi un ángel que estaba en pie en el sol, y clamó a gran voz, diciendo a todas las aves que vuelan en medio del cielo: Venid, y congregaos a la gran cena de Dios…”. Y Melanie, aunque no escuchó su pensamiento, agregó:
- Te creo si me decís que el ataque de los pájaros es una metáfora de la ruptura Cielo-Tierra en el sentido Espíritu-Cuerpo. Pero en todo caso eso no sería un castigo, sino más bien una consecuencia de la inclinación desmesurada hacia lo terrenal del hombre en los últimos tiempos.
Y así hasta llegar a nada pasaron el fin de semana Melanie y Mitch en Bahía Bodega: corriendo de aquí para allá, escapando de una y otra bandada de pájaros revolucionarios ¿Pero estamos seguros de que fue solamente un fin de semana? No creo que sea tan sencillo como abandonarnos a los límites de la narración.
Me acuerdo de muchas películas, casi todas las que vi, en las que siempre el final feliz cierra la historia a la perfección, tal como queremos. Pero esto no es una película, no, no, no… Esto no es ficción donde más allá de los títulos no queda nada. Donde las letras suben como diciendo “bueno amigos se termino la función y el entretenimiento, ahora todos a casa que ya es hora de volver a la realidad. Hasta la próxima…”. No señores. Tenemos que pensar qué hay en ese mundo desconocido, en el que pocas veces nos animamos a entrar. Aunque sea seguro adentro y peligroso afuera hay que salir de la cómoda jaula.
- ¿Mitch…?
- Si Melanie.
- Acabo de acordarme de San Francisco y de tu comparación ¿Será que nos hemos vuelto insignificantes en la gran ciudad? ¿Porque si San Francisco es un hormiguero nosotros que somos?











