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Nov
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Pablo Neruda, la NASA y los carteros, por A. F.

Sobre “El cartero de Neruda” de Antonio Skármeta y los discos de Carl Sagan

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Portada del libro "El cartero de Neruda"

“Quería mandarte algo más aparte de las palabras. Así que metí mi voz en esta jaula que canta. Una jaula que es un pájaro. Te la regalo. Pero también quiero pedirte algo, Mario, que sólo tú, puedes cumplir. Todos mis otros amigos o no sabrían qué hacer, o pensarían que soy un viejo chocho y ridículo. Quiero que vayas con esta grabadora paseando por isla Negra, y me grabes todos los sonidos y ruidos que vayas encontrando. Necesito desesperadamente aunque sea el fantasma de mi casa. Mi salud no anda bien. Me falta el mar. Me faltan los pájaros. Mándame los sonidos de mi casa. Entra hasta el jardín y deja sonar las campanas. Primero graba ese repicar delgado de las campanas pequeñas cuando las mueve el viento; y luego tira de la soga de la campana mayor, cinco, seis veces. ¡Campana, mi campana! No hay nada que suene tanto como la palabra campana, si la colgamos de un campanario junto al mar. Y ándate hasta las rocas, y grábame la reventazón de las olas. Y si oyes gaviotas, grábalas. Y si oyes el silencio de las estrellas siderales, grábalo. París es hermoso, pero es un traje que me queda demasiado grande. Además, aquí es invierno, y el viento revuelve la nieve como un molino la harina. La nieve sube y sube, me trepa por la piel. Me hace un triste rey con su túnica blanca. Ya llega a mi boca, ya me tapa los labios, ya no me salen las palabras”.

Así le pedía, “desesperadamente”, Pablo Neruda a su amigo Mario Jiménez que grabara los sonidos del mar, de las olas, de las gaviotas, “el silencio de las estrellas siderales” y, aunque sea como un fantasma, su casa, su jardín, el sonar de las campanas. Y Mario, como buen cartero, cumplía a la perfección con el pedido del poeta. Esto es lo que le enviaría:

- “Uno, el viento en el campanario de isla Negra. (Sigue aproximadamente un minuto de viento sobre el campanario de isla Negra).

- Dos, yo tocando la campana grande del campanario en isla Negra (Siguen siete golpes de campana).

- Tres, las olas en el roquerío de isla Negra (Se trata de un montaje con fuertes golpes del mar sobre los arrecifes, captado probablemente en un día de tempestad).

- Cuatro, canto de las gaviotas (Dos minutos de curioso efecto estereofónico, en que al parecer quien grababa se acercaba sigilosamente hacia gaviotas acampadas y procedía a espantarlas para que volaran, de tal modo que no sólo se perciben sus graznidos, sino también un múltiple aleteo de sincopada belleza. Entre medio, a la altura del segundo cuarenta y cinco de la toma se escucha la voz de Mario Jiménez gritando «Chillen, concha e su madre»).

- Cinco, la colmena de abejas (Casi tres minutos de zumbidos, en un peligroso primer plano con fondo de ladridos de perros y canto de aves difíciles de identificar).

- Seis, retirada del mar (Un momento antológico de la grabación en que al parecer el micrófono sigue muy cerca la marejada en su bullente arrastre sobre la arena, hasta que las aguas se funden con el nuevo oleaje. Puede tratarse de una toma en la cual Jiménez corre junto al agua succionada e ingresa en el mar para lograr la preciosa fusión).

- Y siete (frase entonada con evidente suspenso, seguida de pausa): don Pablo Neftalí Jiménez González (Siguen unos diez minutos de estridente llanto de recién nacido)”.

¡Buen trabajo Mario!

Mientras Neruda estaba en isla Negra, en Chile, el cartero era el puente entre el mundo público (el de sus admiradores) y el privado. Luego, cuando el poeta se convertirte en Embajador del gobierno de Salvador Allende en París, Mario fue la conexión vital entre la realidad pública y el fantasma de lo privado que permanecía en las costas del pacífico, alejado al otro lado del océano, pero latente, vivo aún en ese recuerdo casi palpable, encarnado en las en las entrañas.

Carl Sagan

Carl Sagan

Hay otra historia, la de otro cartero, al que le encargaron una misión similar: grabar sonidos y enviar un mensaje. Ese hombre era Carl Sagan.

Sagan fue uno de los más importantes divulgadores científicos. Temas como el efecto invernadero, el agujero de la capa de ozono y las misiones a Marte son bien conocidos por su serie televisiva Cosmos, de 1980, que se convirtió en la más vista en la historia de la televisión pública de Estados Unidos. Carl Sagan explicaba su afán divulgador de forma muy romántica: “Después de todo, cuando estás enamorado, quieres contárselo a todo el mundo. Por eso, la idea de que los científicos no hablen al público de la ciencia me parece aberrante”.

Pero el tema es que, en 1977, la NASA había encargado a Carl Sagan enviar un mensaje a bordo de las naves Voyager 1 y 2. El objetivo: que otra civilización lo encuentre.

Para ello se grabó un disco titulado “Sonidos de la Tierra”, en el que Sagan y sus colaboradores seleccionaron una gran variedad de sonidos de nuestro mundo: olas, vientos, truenos, terremotos, la erupción de un volcán, lluvia; pájaros, elefantes, perros, ranas, ballenas; risas humanas, un beso, latidos de un corazón, el llanto de un bebe; una locomotora, un telégrafo, motores de un tractor, un camión, un automóvil y el sonido de un avión a reacción. Agregaron 95 minutos de música de diferentes tiempos y culturas: el Segundo Concierto de Brandenburgo de Johann S. Bach, el final de la primavera de Igor Stravinsky, el primer movimiento de la quinta sinfonía y un fragmento del Cuarteto para Cuerdas numero 13 de Ludwig Van Beethoven; segmentos de “La Flauta Mágica” de Wolfgang A. Mozart, partes de canciones navajas, peruanas, búlgaras, chinas, mejicanas y un solo de trompeta de Louis Armstrong.

“Los discos de la Voyager -explicaba Sagan- están destinados a ser las obras del hombre que mas tiempo habrán de durar. Van a sobrevivir, prácticamente sin cambios, durante cientos de millones de años en el espacio. Cuando los movimientos tectónicos hayan reacomodado los continentes, cuando estos hayan hundido y vuelto a resurgir de otras formas, cuando el hombre haya evolucionado y se haya transformado en otra clase de organismo, estas placas seguirán existiendo”.

Más allá de las dimensiones, ambos proyectos son ambiciosos. Mario Jiménez hizo lo posible por cumplir el pedido del poeta: capturar los sonidos que flotaban en isla Negra, esencia de la existencia de Neruda. Carl Sagan, por su parte, intentó plasmar la esencia de la existencia humana y arrojarla como botella al infinito, a las profundidades tenebrosas e insondables del universo; es aún, allá arriba, un grito desesperado, una ilusión que ruega por quebrar la soledad humana, la angustia de lo único; es, claro está, una carta.


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