
Mesa junto al lago, Luis Alberto Sorzini
En mi casa de Velletri hay una enorme heladera que escapa a las reglas de la sociedad de consumo. La mía es de madera y ocupa una pared entera de la gran cocina.
Por las cuatro ventanillas se puede espiar su interior y regodearse con la vista de los embutidos, los quesos, los terneros, los cuartos de res que cuelgan, majestuosos, de lustrosos ganchos.
Esta heladera es mi altar privado.
De vez en cuando ocurre que, por la mañana mi mujer me sorprende arrodillado frente a este fetiche, ese tótem de la aventura humana. Allí estoy, ensimismado en la contemplación, en espera de inspirarme para el almuerzo.
Esa imagen, indudablemente paradójica, les puede dar una idea de lo ascético que es mi apego a los prosaicos placeres de la mesa y, por lo tanto, de la vida.
Llevo la cocina en la sangre y pienso que, sin duda, esta se halla formada por glóbulos rojos y glóbulos blancos pero, en mi caso, también por un discreto porcentaje de salsa de tomate.
Nadie mejor que yo comprendió el hermetismo de Cuasimodo: por una aceituna pálida yo puedo realmente delirar.
¿El actor? A veces me parece que lo hago por hobby. Comer no: yo como para vivir.
Y me siento vivo delante de una olla. El aceite que dora es música para mis oídos. Sería capaz de usar el perfume de un buen tuco como loción para después de afeitar. Un plato de tallarines entrelazados o una pieza oblonga de carne asada son para mí esculturas vitales, dignas de un Henry Moore.
Después de haber preparado una cena, mi mayor satisfacción es recibir la aprobación de los amigos-comensales. Y en esto, en suma, no hago sino repetir lo que me sucedía en el teatro y que ahora, con el cine, me ha llegado a faltar: el contacto directo con el público.
Extraído de “El glotón” libro de recetas autogastrobiograficas de Ugo Tognazzi (Libro dedicado a Marco Ferrari, Michel Piccoli, Marcello Mastroianni y Philippe Noiret: o sea, a la GRANDE BOUFFE) (1974)