Archivos en la Categoría 'Historia'

24
oct
10

Martín Alzaga Unzué (Macoco), patrimonio nacional.

Por Andrés Fluxa

A ver a ver Martín Alzaga Unzué nació en 1901 como orgulloso descendiente del homónimo y conocido comerciante colonial Martín de Alzaga, quien participó en la defensa de Buenos Aires durante las invasiones inglesas y en las jornadas de Mayo pero ojo al piojo no contra España sino contra Napoleón. Más conocido como Macoco fue cultivado en las mejores instituciones educativas de la época de Argentina y Europa pero de quebradiza responsabilidad fue expulsado de todas (que Sorbona ni que Sorbona dame velocidad). Corredor en el hipódromo de picadas que despertaban furioso al presidente Marcelo T. de Alvear fue de los pocos argentinos que participó en las 500 Millas de Indianápolis y hasta obtuvo un triunfo en el Gran Premio de Marsella. Al retirarse del automovilismo se dedicó a despilfarrar la fortuna heredada citando como argumento de su comportamiento (sin importarle el antiimperialismo francés de su tatarabuelo que se revolcaba en el cajón) a Napoleón que decía “las monedas son redondas para que rueden” así que  Rock and Roll. Se instala en Nueva York y en 1931 abre “El Moroco”, el cabaret más célebre del mundo en aquellos tiempos y hoy una leyenda (se pavoneaban por él estrellas de Hollywood como Humphrey Bogart, Marlene Dietrich, Marilyn Monroe y Truman Capote que acariciaba los suaves sillones de piel de cebra gracias a la puntería de Macoco en sus safaris por el África ¡PUM! ¡PUM!). Literalmente tiró “manteca al techo” ya que fue el culpable de dicho dicho originado en una de sus desenfrenadas noches cuando apuntaba por diversión con tenedor catapulta y manteca proyectil a los senos de una dama pintada en el techo de un cabaret de los tantos que conoció por las ciudades de la perdición. Cómo no París que se asombró con su actividad dionisíaca que provocó que aún hoy podamos escuchar a un francés decir “más rico que un argentino” para referirse a una persona forrada en guita (tomá pa vos una ronda para todos que yo pago). Argentine lover y play boy le quedan muy bien, Amante de Gloria Swanson y Carmen Miranda (por ejemplo), Martincito se casó dos veces pero fue su segunda esposa Kay Williams quien lo hizo aún más famoso por ser luego esposa del galán de galanes Clark Gable (“Lo que el viento se llevó” y “Mogambo” entre otras pelis claro). Al menos conocido de Al Capone, amigo de Chevallier, Chaplin y vos Ginger Rogers vení a Buenos Aires que me lo pidió Juan Domingo Perón. Vueltas por el orbe en yate copitas y minitas, enanos desnudos por la calle Florida ¡jajaja! miren muchachos lo que hago, entradas por vidriera en auto para cambiar un par de guantes qué tanto lío pago los daños y listo, también figura en su destacado currículum haber traído al país las bondadosas y transformadoras novedades de los esquíes acuáticos, las lanchas deportivas, el primer pantalón de mujer, los trajes de baño sin piernas ¡ay qué escándalo! y en una ocasión (aunque ya fuera del rubro importaciones) a los bailarines del famosísimo Lido para que actúen en Buenos Aires, ciudad en la que falleció en 1982 luego de pasar sus últimos años deprimido, aburrido y desheredado por dos tías horrorizadas (y seguramente poco fiesteras) que dijeron basta y adiós a la belle époque qué tanta joda che.

Juan Carlos Cobian

PD: También se le atribuye ser la inspiración que recibió Juan Carlos Cobián para componer el tango “Shusheta”, al cual Enrique Cadícamo le puso la siguiente letra:

Toda la calle Florida lo vio

con sus polainas, galera y bastón…

 

Dicen que fue, allá por su juventud,

un gran Don Juan del Buenos Aires de ayer.

Engalanó la puerta del Jockey Club

y en el ojal siempre llevaba un clavel.

 

Toda la calle Florida lo vio

con sus polainas, galera y bastón.

 

Apellido distinguido,

gran señor en las reuniones,

por las damas suspiraba

y conquistaba

sus corazones.

Y en las tardes de Palermo

en su coche se paseaba

y en procura de un encuentro

iba el porteño

conquistador.

 

Ah, tiempos del Petit Salón…

Cuánta locura juvenil…

Ah, tiempo de la

sección Champán Tango

del “Armenonville”.

 

Todo pasó como un fugaz

instante lleno de emoción…

Hoy sólo quedan

recuerdos de tu corazón…

 

Toda la calle Florida lo vio

con sus polainas, galera y bastón.

PPD: “Shusheta”, lunfardo proveniente de “petimetre”, palabra que significa “presumido” y que el diccionario español la señala proveniente del francés “petit maître”, es decir “señorito”.

26
abr
10

Las ganas de vivir de Nelly Larini

Por Andrés Fluxa

Nelly en su escritorio, rodeada de libros /

Nely Larini no se casó; la idea no la sedujo. Quiso y quiere todo el tiempo para ella, para leer y escribir. Sin que me lo diga imagino que le aterra la idea de que habría leído unos cuantos libros menos si hubiese hecho de ama de casa.

Nely aún piensa en la libertad. Tiene 79 años y se confiesa “una asquerosa”. Ahora que está grande reconoce que es jodida la soledad y un poco se arrepiente. Pero no tanto. La pasó tan bien, vivió tanto, que el balance le da positivo.

Un comunista italiano exiliado en Argentina le dijo: “Nos casamos y te olvidás de tu país. Nos vamos a Italia”. “Jamás”, respondió.

A pesar de haber rechazado al comunista se reconoce de izquierda, “un izquierdismo romántico”. Me explica que debe ser porque siempre le gusta ponerse del lado del más débil. Igualmente reconoce que la realidad la desilusiona y que los que ocupan el poder terminan defraudando los ideales. Me muestra un diario con Pepe Mujica en la tapa y entiendo que eso es lo que quiere, un tipo que de la izquierda extrema acepta que debe moderarse para continuar con un plan de país que supera a cualquier persona.

Lo primero que recuerda de su infancia es la música. Aunque los integrantes de su familia no eran, como suele decirse, intelectuales, en su casa se escuchaba música clásica. Me cuenta que en radio “El Mundo” escuchó una parte de la ópera Carmen que se le grabó para siempre.

De la escuela, en su época de primaria, no tiene buenos recuerdos. Su familia era gente humilde y Nely no puede evitar recordar un muro que se alzaba entre las clases bajas y altas. No se trataba sólo de sus compañeros. Un día su madre le compró en liquidación un par de zapatos color zanahoria, pero la escuela exigía que debían ser negros: “Para qué. Me mandaron a llamar. Yo estaba parada en la puerta, no me dejó avanzar. ¡Me pegó un reto la vicedirectora…!”

En 1948 terminó el secundario y eso la habilitó para dar clases. Le dieron un puesto. La mandaron muy lejos. Dos años viajando los domingos a la tarde en tren desde Cañada de Gómez a Rosario y de ahí a Clason. Pasaba toda la semana en una habitación que tuvo la suerte de encontrar. Clason era entonces, y aún los es, un pequeño pueblo de unas pocas casas, y campo aquí y allá. Hasta que finalmente, luego de tres años, consiguió el traslado a Armstrong y le pareció mentira poder ir y venir todos los días.

Me cuenta que la docencia es su vida y que se siente mal porque ya no puede dar clases. Nely luchaba día a día para que todos lean, escriban y amen la literatura. Coincidimos en que el objetivo de la educación debe ser despertar la pasión, no sólo transmitir conocimientos. También nos ponemos de acuerdo en que para lograr eso el docente debe tener la libertad de manejar el tiempo y los contenidos, poder detenerse cuando presiente que los alumnos disfrutan.

Hace unos meses se operó de catarata. Sufrió por no poder leer ni escribir durante varios días. Nely es feliz cuando se levanta y enfila hacia la maquina de escribir eléctrica que tiene sobre el escritorio (le quisieron comprar la compu pero ni loca). Se sienta cada mañana al lado de su ventana con macetas y goza con cada letra presionada. Nunca publicó ni le interesa. Piensa que lo que escribe no sirve pero consigue lo que quiere: desahogarse. Eso la hace feliz.

Reflexiona que el error está en la consistencia que se le da a la felicidad: “Se supone que la felicidad es una cosa que la descubrís y chau, ya está. Pero es una maquina con todas las tuberías, las partes y engranajes. Es algo complicado pero pequeño, que cabe en un instante, un momento. Yo me quejaba de ir y venir a Clason, de viajar todas las semanas y estar lejos de Cañada. Pero no me voy a olvidar nunca que una noche se rompió el tren y bajamos a caminar un poco, en el medio del campo. ¡La tranquilidad que había! Un silencio, la oscuridad, las estrellas…”

“¡Miráme ahí, en esa foto, haciendo equilibrio en una pata!, vos podés creer que sea yo. Y rodeada de hombres. ¡Dejáte de joder!”.

En una de las fotos que me alcanza la veo en Roma, en Pompeya, en París; la veo en blanco y negro con unos treinta años. Alzo la vista para decirle que es la más linda del grupo y los colores y el tiempo me sorprenden. Me cuenta que fue cuatro veces a Europa y que la volvió loca, que ahora se da cuenta que no conoció nada. Con un libro que blandea en su mano (“Italia, guía para vagabundos” de Germán Arciniegas) afirma que es imposible conocer todo. Aprovechamos para compartir la idea de que los viajes son esos momentos de felicidad y libertad intensos que no se comparan con muchas cosas.

“Para mí un viaje es un montón de felicidad, desde que se sale hasta que se llega es un fragmento recortado en el tiempo, un lapso de intensa felicidad. La vida tendría que ser para viajar”.

Para Nely deberíamos vivir dos veces: una en borrador, para practicar, y la otra en serio, ya sabiendo como es la cosa. Esa saludable obsesión de vivir, esa lección de pasión y fuerza, la refleja en un fragmento de uno de sus cuentos:

No es lo mismo. El trencito llegaba hasta el final, pero volvía a empezar. La vida, mi amigo, tiene un final sin retorno. ¡Ojalá la vida fuese un viaje en el trencito! A la ida vivir en borrador, y a la vuelta en serio. Pero vivir sería fácil por demás, con todas las incógnitas resueltas el día antes. Sólo sentarse a abrir cajas con regalos esperados. ¿Y la aventura de vivir en qué caja?

Llegamos al mundo con un plano de la felicidad que rara vez calza en la vida. Y salimos desesperados, a capturar eso grande que nos inventamos. Desdeñamos lo inmediato y desperdiciamos las menudas piezas que componían formas de felicidad que entendemos con atraso. La felicidad, mi amigo, puede caber en una caja de fósforos. El trencito, también.


05
mar
10

El Pepe Mujica o el final de la historia. Pepe locuta, causa finita: Fukuyama tenía razón.

Elpepe

La peor astilla

Por Martín Caparrós.

Y entonces, cuando ya parecía que nadie podría matarle el punto al presidente Lula, apareció el presidente Pepe –o, mejor, el presidente Elpepe– y le dio cuatro vueltas. Es improbable que salga otro mejor: creo que, a esta altura, podemos afirmar que el título continental de Peor Astilla va a quedar, por mucho tiempo, en manos del honorable señor José Mujica, presidente de ROU.

–¿La peor astilla?

–Sí, ¿no la recuerda? La del mismo palo, bó.

El presidente Elpepe es la culminación de uno de los recursos más astutos de la política sudamericana en las últimas décadas: vamos con los arrepentidos. En los noventas, el capitalismo salvaje –con más o menos salvajismo según cada republiqueta– arrasaba con todo: tenía bula porque acababa de caerse un muro y la felicidad eterna del mercado era nuestro destino manifiesto. Pero sus gerentes se la creyeron tanto que arruinaron a demasiada gente –más gente o menos, según republiquetas– y la idea tuvo un momento de zozobra; fue entonces cuando llegaron –clarín, polvo, caballos– al rescate los arrepentidos.

Es probable que no lo hayan planeado, pero fue un truco extraordinario: el capitalismo desacreditado por sus errores y excesos –su soberbia, sus pozos de pobreza, sus cumbres de riqueza impúdica, sus políticos necios, su corruptela levemente obscena– necesitaba recuperar alguna legitimidad: ¿quién mejor para dársela que los que lo habían combatido? Así apareció, primero, un obrero izquierdista de los suburbios de San Pablo; así apareció, después, una mujer socialista con padre asesinado por Pinochet; así apareció, más tarde, un obispo tercermundista rebelde intransigente un poco putañero –e incluso apareció, diferente, más lejos, más arriba, la versión superhollywood 3D HD Dolby Digital, que no legitiman diez o veinte años de militancia izquierdista, faltaba más, sino siglos de esclavitud morena. ¿Quiénes más autorizados para decir miren, nosotros sabemos de qué estamos hablando, nosotros nos opusimos a este sistema, fuimos víctimas de este sistema pero ahora reconocemos que no hay nada mejor?

–¿Quién, pregunta? El presidente Elpepe.

El presidente Elpepe es, a todas luces, un hombre respetable –y de lejos resulta entrañable: un petiso panzón desaliñado sin la menor apariencia de soberbia, de ambición personal. Además fue guerrillero, estuvo preso trece años, sigue siendo un poco lengualarga, sigue vistiéndose tan pobre como antes, sigue viviendo en la misma chacra de los suburbios de Montevideo. Todo eso, por supuesto, subrayado y mejorado por la uruguayidad. (Para nosotros, argentinos, la uruguayidad es una trampa rara: nos convence de cosas. A mí me encanta –respeto mucho– su sentido de paisito digno y orgulloso de no ser muy orgulloso, su austeridad, su laicismo: que Uruguay no tenga Semana Santa sino Semana del Turismo me parece uno de los grandes logros del republicanismo liberal decimonónico, pero eso no hace que Punta del Este deje ser el gran lavadero y pelotero y tragadero de los ricos argentinos, ni que sus bancos sean su recurso cuando quieren fugar sus capitales.

“Es raro: son nosotros pero no lo son –escribí hace tiempo–. Hablamos casi el mismo idioma, vivimos en paisajes semejantes, pero nuestras historias nos fueron separando: si Buenos Aires fue la capital de un imperio que nunca existió, Montevideo fue el centro de una Suiza que tampoco. Aunque algo de aquella imagen se mantenga: el Uruguay nos parece amable, peludito y suave: ordenado, tranquilo, inocuo. Nos parece un espacio decente, de gente íntegra: algo así como la imagen mitificada de los viejos criollos. Y mantenemos esa imagen aunque el Uruguay viva, entre otras pocas cosas, del lavado de dinero: yo no tengo nada en contra de esa práctica económica –tan decente o indecente como la mayoría–, pero no es la mejor para sostener una reputación de país probo según las reglas consagradas. Y sin embargo, la sostienen.

–No me va a comparar al Uruguay con las islas Caimán.

–No, no es lo mismo morder que chupar mate.

El presidente Elpepe, queda dicho, sigue haciendo muchas cosas –es importante que siga, que establezca una continuidad– y es muy respetable y también piensa cosas que hace treinta y tantos años, justo antes de que lo metieran preso, lo habrían llevado a definirse como un enemigo mortal de sí mismo. Es lógico: la gente cambia, y la persistencia es a menudo persistencia en el error. Lejos de mí defender la tozudez; sí quiero, en cambio, pensar qué rol juegan esos cambios y esa gente que cambia, qué papel en la historia.

El presidente Elpepe sirve –como el resto del Batallón Astilla– para terminar de enterrar ciertas ideas: yo antes quise cambiar el mundo, muchachos, armar una sociedad sin ricos ni pobres pero eso no funciona; ahora sé que lo que hay que hacer es hacer más “vivible” –la palabra es suya– esta sociedad con ricos y pobres, poderosos y debilitados. Nosotros ya intentamos otra cosa pero no se puede, muchachos, hay que seguir con esto. Lo que sí, hagámoslo un poco más humano, que no parezca tan basura porque eso no queda bien y solivianta. El gran truco de los Astilla consiste en convencernos de que no cambiaron de metas sino de método: que siguen buscando el bienestar general pero que han descubierto que debe conquistarse dentro de este juego.

Por eso dicen de maneras variadas que, contra lo que solían pensar, ahora descubrieron que esa felicidad es una posibilidad del capital: “Vamos a darle al país cinco años más de manejo profesional de la economía, para que la gente pueda trabajar tranquila e invertir tranquila. Una macroeconomía prolija es un prerrequisito para todo lo demás” –dijo el presidente Elpepe en su discurso de asunción–. “Seremos serios en la administración del gasto, serios en el manejo de los déficit, serios en la política monetaria y más que serios, perros, en la vigilancia del sistema financiero. Permítanme decirlo de una manera provocativa: vamos a ser ortodoxos en la macroeconomía” –dijo, y todos sabemos que ortodoxo significa estricto capitalismo global financiero y que eso es, más allá de sus propuestas de “mayor educación para enfrentar a la pobreza”, lo que importa.

Para comprobarlo alcanza con ver el cariño con que lo tratan en estos días nuestros empresarios, nuestros grandes medios: un tipo razonable que les promete no cargarlos de impuestos, “un ex guerrillero que carga su mochila sin resentimientos” y ha sabido dejar el pasado en el pasado. Tan amable les resulta que les sirve, también, como arma arrojadiza contra los Kirchner: el presidente Elpepe sí que es un setentista bueno, uno que entendió las lecciones de la historia, que sabe que hay que conversar, negociar, contemporizar: que dice que “hace rato que todos aprendimos que las batallas por el todo o nada son el mejor camino para que nada cambie y para que todo se estanque”.

No porque los Kirchner vayan a todo o nada, sino porque exageran discursos y muecas. Ellos, que detectaron el fenómeno enseguida, intentan pertenecer al batallón Astillas pero no terminan de calificar: su historia militante es muy tenue, dudosa, entonces ahora tienen que sobreactuar su condición y terminan irritando a unos y a otros. Mujica no necesita discutir si militaba de verdad, si estuvo preso una semana o dos: puede mostrarse más sereno. No debe ganarse la legitimación con gestos ampulosos: ya la tiene –y por eso les resulta tan útil.

–Caparrós, lo hacía más moderno.

–¿Qué quiere, que me ponga seis aros en la punta del bigote?

–No, mi estimado, que no siga con ese lenguaje y esas ideas tan pasadas de moda. El último gran triunfo del capitalismo fue conseguir que incluso la palabra capitalismo parezca torpe y demodé, que supongamos que no es una forma de organizar las sociedades sino la única posible –y, para ese triunfo, los Astillas son bizcochuelo y guinda al mismo tiempo. Y conste –pienso, me atajo– que no lo digo por nostalgia de esas formas de socialismo autoritario, guevarista, leninista, que Elpepe y tantos otros defendíamos entonces; que no lo digo tampoco porque crea –lejos de mí– que cuanto peor algo es mejor; que sí lo digo porque creo que estos intentos de maquillar la crueldad de un sistema con polvos de izquierdita son una cumbre del gatopardismo.

–No, claro, el rey es un tirano intolerable.

–Y sí, no podemos seguir teniendo un rey.

–Bueno, un rey lo que se dice un rey mejor no, mi estimado Robespierre. ¿Pero qué le parece si ponemos un gran duque?

–¿Y qué haría ese gran duque, Lafayette?

–Nada, sería el amo del país y de sus ciudadanos pero no sería un rey. Alguien nos tiene que mandar, faltaba más.

Y lo digo porque el capitalismo lleva más de doscientos años construyendo un mundo donde la mitad de las personas vive mal, donde uno de cada seis hombres y mujeres pasa hambre, donde tantos se mueren de enfermedades que no matan ricos, donde unos pocos se imponen y saquean a miles de millones: esas cosas que ya no queda bien decir. Y lo digo porque creo que estos ex convertidos en adalides de un capitalismo más amable son la mejor fórmula para que ese estado de cosas dure un poco más: para renovar la expectativa de que el capitalismo puede dejar de ser lo que fue siempre y que, por lo tanto, no es tan urgente seguir buscando las formas de reemplazarlo por otra forma de organizar el mundo. Por eso lo digo –aunque no digo que lo hagan para eso. No se trata de juzgar intenciones; ésa, lo tengo dicho, es otra historia.

Fuente: Diario Crítica – 04/03/2010

21
nov
09

Lo mejor del “Le monde” de noviembre

A veinte años de la caída del muro de Berlín. Una ocasión perdida

Por Ignacio Ramonet

El muro de Berlín hoy

El muro de Berlín hoy

El 9 de noviembre de 1989 caía el muro de Berlín. Veinte años después, mientras el capitalismo, a su vez, vacila bajo los golpes de una crisis sistémica, ¿qué balance se puede establecer de las dos décadas que acaban de transcurrir? ¿Por qué otros muros, igual de indignantes, no se han derribado?

Simbólicamente, el hundimiento del muro de Berlín marca la conclusión de la guerra fría así como el fin -aunque la Unión Soviética no se disolvería hasta diciembre de 1991- del comunismo autoritario de Estado en Europa. Pero no el fin de la aspiración de millones de pobres a vivir dignamente en un mundo más justo e igualitario.

El muro de Berlín se hunde debido, por lo menos, a tres hechos capitales ocurridos durante la década de 1980:

1/ las huelgas de agosto de 1980 en Polonia, que ponen en evidencia una contradicción fundamental: la clase trabajadora se opone a un presunto “Estado obrero” y al supuesto “Partido de la clase obrera”. La teoría oficial sobre la que se basaba el comunismo de Estado se viene abajo;

2/ en Moscú, en marzo de 1985, Mijaíl Gorbachov es elegido secretario general del Partido Comunista de la URSS. Lanza la “perestroika” y la “glásnost”, y activa, con las precauciones de un artificiero, la reforma del comunismo soviético;

3/ durante la primavera de 1989, en Pekín, en vísperas de una visita de Mijaíl Gorbachov, miles de manifestantes reclaman reformas similares a las que se llevan a cabo en la URSS. El Gobierno chino hace intervenir al Ejército. Resultado: cientos de muertos y condena internacional del régimen de Pekín.

Cuando, en el otoño de 1989, ciudadanos de Alemania del Este se echan a la calle para exigir reformas democráticas, las autoridades dudan en disparar o no sobre las multitudes. Moscú anuncia que sus tropas estacionadas en Europa del Este no participarán en ninguna represión. La intensidad de las manifestaciones se multiplica. La suerte está echada. El muro de Berlín cae. En unos meses, uno tras otro, los regímenes comunistas de Europa son barridos. Incluidos los de Yugoslavia y Albania.

Constatación importante: el sistema se desploma por descomposición interna, y no a causa de una ofensiva del capitalismo que lo habría derrotado. En esos años, Estados Unidos se halla en grave recesión tras el “lunes negro” de Wall Street acaecido dos años antes (el Dow Jones había caído, el 19 de octubre de 1987, un 23%). Pero la interpretación que se dará es que, en el enfrentamiento que opone, desde el siglo XIX, el comunismo al capitalismo, éste se ha impuesto. Por KO. De ahí una suerte de ebriedad intelectual que hará creer a algunos en el “fin de la historia”.

Error fatal. Al perder a su “mejor enemigo” -el que, mediante una relación de fuerzas constante, le obligaba a autorregularse y a moderar sus pulsiones-, el capitalismo se dejará arrastrar por sus peores instintos. Olvidando la promesa de hacer que el mundo se beneficie de los “dividendos de la paz”, Washington impone en todas partes, a marchas forzadas, lo que cree ser la idea triunfal: la globalización económica. Es decir, la extensión al conjunto del planeta de los principios ultraliberales: financiarización de la economía, desprecio por el medio ambiente, privatizaciones, liquidación de los servicios públicos, precarización del trabajo, marginación de los sindicatos, brutal competencia entre los asalariados del mundo, deslocalizaciones, etc. En resumen, una vuelta al capitalismo salvaje. El multimillonario estadounidense Warren Buffet proclama: “Hay una lucha de clases, por supuesto, pero es mi clase, la clase de los ricos, la que dirige la lucha. Y nosotros ganamos” [1].

En el plano militar, Washington despliega su hiperpotencia: invasión de Panamá, guerra del Golfo, ampliación de la OTAN, guerra de Kosovo, marginación de la ONU… Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, George W. Bush y sus “halcones” deciden castigar y conquistar Afganistán e Irak. Reducen la ayuda a los países pobres del Sur y lanzan una cruzada contra el “terrorismo internacional” utilizando todos los medios, incluidos los menos nobles: vigilancia generalizada, tortura, “desapariciones”, prisiones secretas, penales ilegales como el de Guantánamo… Creen en un mundo unipolar, dirigido por unos Estados Unidos hegemónicos, seguros de sí mismos y dominadores.

El balance será desastroso: ninguna victoria militar real, una inmensa derrota moral y una gran destrucción ecológica. Sin que los principales peligros hayan sido eliminados. La amenaza terrorista no ha desparecido, la piratería marítima se agrava, Corea del Norte se ha dotado de armas nucleares, Irán podría hacerlo… Oriente Próximo sigue siendo un polvorín…

El mundo ha pasado a ser multipolar. Varios grandes países -Brasil, Rusia, la India, China, Sudáfrica- forjan alianzas al margen de las potencias tradicionales. En Suramérica, Bolivia, Ecuador y Venezuela exploran nuevas vías del socialismo. Hasta el recurso al G-20 con motivo de la crisis económica global confirma que los países ricos del Norte no pueden solventar en solitario los principales problemas mundiales.

La oportunidad histórica que constituía la caída del muro de Berlín se ha desperdiciado. El mundo de hoy no es mejor. La crisis climática hace pender sobre la humanidad un peligro mortal. Y la suma de las cuatro crisis actuales -alimentaria, energética, ecológica y económica- da miedo. Las desigualdades han aumentado. La muralla del dinero es más imponente que nunca: la fortuna de las quinientas personas más ricas es superior a la de los quinientos millones más pobres… El muro que separa el Norte y el Sur permanece intacto: la malnutrición, la pobreza, el analfabetismo y la situación sanitaria incluso se han deteriorado, particularmente en África. Por no hablar del muro tecnológico.

Además, se han levantado nuevos muros: como el edificado por Israel contra los palestinos; o el de Estados Unidos contra los emigrantes latinoamericanos; o los de Europa contra los africanos… ¿Cuándo decidiremos destruir de una vez para siempre todos esos muros de la vergüenza?


[1] The New York Times , 26 de noviembre de 2006.

 

14
may
09

Arawaks – Por Irene Mogliani

Mujer arawak

Mujer arawak

Se han sucedido algunas generaciones desde aquel día, que resultó en un acontecimiento punzante para la Historia de los hombres, un 12 de octubre de 1492.

Quienes fueron protagonistas de ese primer cruce de miradas con los extraños navegantes, aquellos que recibieron y alimentaron generosamente a los desconocidos, aquellos que por su belleza y sencillez fueron los primeros en ser deseados por la promiscua codicia del viejo continente, eran los Arawaks.

La progresiva crueldad de los españoles, hizo que en un puñado de décadas no quedase un solo arawak en las islas del Caribe. Comenzó así a gestarse la civilización en el continente americano, con las infames formas que traza la fuerza de la espada.

Ingenuos ellos, los habitantes de las costas, por tomar lo ignoto por el filo de su hoja. Ingenuos los otros, los que portaban el estandarte de la santa soberanía, pues, si bien atravesaron al “mar de las tinieblas”, no pudieron salir del cauce de los mezquinos mandatos de su corrompida sociedad.

Y nosotros, los que habitamos en el presente, portadores de la miscelánea esencial que se desvanece con la muerte: la de narrar y hacer; ingenuos por sólo saber de los Arawaks que todo lo dieron a cambio de bonetes, cascabeles y espejitos coloridos sin siquiera conocer su nombre. Ingenuos también, por olvidar que los aventureros no vinieron a compartir ninguna dádiva, dígase progreso, si no a despilfarrar todo tipo de maltratos y vejaciones, en pos de lo que sí era valioso.

Durante siglos la historia americana “oficial” y hegemónica sembró de acertadas confusiones la visión sobre la conquista: ésta era una bienaventurada inclusión de América a la historia de la civilización, fruto de los avances y desarrollos europeos, una proeza de la evangelización…

Bien supo ésta narración de la historia dar voz a los hombres que había que recordar como heroicos o valientes, y sumir en roncos y grotescos silencios a los olvidables, a los otros. Es que, así como los españoles dando nombres y bautizando se reapropiaban lo que habían usurpado, negando lo anterior (sea diciendo indios, aborígenes, indígenas, primitivos… para nombrar a los pueblos originarios; la Hispaniola, Santa Fe, Santiago… para las ciudades), quienes escribieron y escriben historia también nombran y construyen sentidos con que se interpreta al pasado.

Inminentemente, entonces, a quienes nos interesa la historiografía y su enseñanza, se nos presenta una necesidad: la de recuperar la historia de esos otros. Pues el presente, que implica en su virtud a lo posible, puede a su vez ser una maldición para los muertos, una segunda muerte. Como dice Walter Benjamin, ‘si el enemigo triunfa, ni siquiera los muertos estarán seguros. Y ese enemigo no ha dejado de triunfar’.

Para el caso de la historia americana, y en particular del proceso de conquista, esta tarea en ningún modo sencilla pero sí grandiosamente atractiva, ha tenido cierta continuidad, amplitud y variedad, que nos permite adentrarnos en sus vertientes. Las Artes y las Ciencias sociales numerosas veces se han tendido, como puentes al presente, a varios de aquellos otros, siempre a punto de hundirse en el lodo espectral del olvido. Movimientos artísticos como el Muralismo mexicano, intelectuales como José Carlos Mariátegui, corrientes como el ‘boom de la literatura latinoamericana’, escritores como José María Arguedas o el popular Eduardo Galeano, son algunos ejemplos diversos, e incluso eclécticos, de cómo ir en busca de aquellos protagonistas del pasado.

Sobre el final de estas líneas cabe preguntarse sobre la importancia de la historia en la educación. El encuentro que se postula en el estudio de la historia con las sociedades del pasado, trasciende la mera comprensión de lo presente; implica la construcción de una determinada forma de pensar al mundo y a nosotros mismos como sujetos actuantes.

Serán las concepciones del mundo que apelen a nuestra crítica y creatividad, las que nos permitan comprender y enseñar a comprender que la otredad también es una compleja construcción, vigente hoy como cinco siglos atrás, y, aún mejor, transformable.

(pronunciación: Walter Benjami = /valter ben-iamin/ o más argentinizado Walter ben-giamin/. Para mi, Arawaks es /árauacs/).




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