INTRODUCCIÓN
Concluida la integración tanto física como económica del territorio, la Argentina inicia un proceso de incorporación plena a la economía mundial como país productor de alimentos. La incesante demanda de mano de obra fue cubierta por un constante flujo inmigratorio que se volcó tanto a las tareas agropecuarias como a los requerimientos del sector secundario y terciario.[1]
La interpretación teórica de los intelectuales locales estaba contextualizada por un clima optimista sustentado en la confianza en el progreso nacional indefinido que se conectaba con lo que Terán llama “el mito del argentinocentrismo” [2]. El clima sobredimensionado se apoyaba sobre datos reales como la expansión económica inusitada, una movilidad social ascendente y una modernización cultural impulsada desde el Estado.
En ese contexto, el 1º de mayo de 1866, llegaba a la estación de Cañada de Gómez, Provincia de Santa Fe, proveniente de Rosario, el primer tren de pasajeros que seguiría viaje hacia Tortugas, donde por entonces terminaba el recorrido del Ferrocarril Central Argentino. En agosto de 1867, el alemán Pedro Reün fue nombrado Jefe de la Estación de Cañada de Gómez. Si bien Pedro Reün es considerado el primer habitante de Cañada de Gómez, este trabajo se centrará en su cuñada quien, años después de su llegada desde Alemania, en 1931, decide escribir su autobiografía un relato de su experiencia de aquel lejano pasado.
En ese texto, titulado “Si te toca hacer un viaje…tenés algo para contar”, Margarita Hansen narra el viaje que realizó junto a su hermana, sus sobrinos y su cuñado y el posterior transcurso de su vida una vez afincada en Cañada de Gómez. Tratará de rescatar el episodio después de setenta y cuatro años; en consecuencia, veremos como el pasado no sólo se presenta lejano, sino que también idealizado y hasta fantástico.
Si consideramos a este género literario como una autorepresentación del discurso de las mujeres de su época, esta historia nos obliga a centrarnos en el rol que cumple la mujer dentro de una dinámica familiar que encaja y funciona dentro del Estado Moderno, tanto sea el alemán en proceso de unificación como el argentino en construcción, y que utiliza una estructura patriarcal que le antecede para asegurar un orden. Hablamos de una condición femenina que a lo largo del tiempo a sido afectada por un proceso que desembocó en una visión “natural” de las “desigualdades” entre el hombre y la mujer, y en una distribución de roles funcionales al desarrollo y al “orden” de la sociedad. Es así que puede hablarse de “estereotipos de género” como la tipificación social del ideal masculino y femenino, o sea las características que una sociedad impone y luego espera del hombre y la mujer. Encontraremos entonces, a lo largo del desarrollo, los “mitos sociales” que se construyen en derredor de esos estereotipos: la mujer, ocupada de lo privado, y el hombre de lo público.
La narración, además, no queda libre de mediación social. Pasado el tiempo una ciudad creció en torno Margarita. Y ese “en torno” no es sólo una forma de decir. Sabemos bien que la estación de ferrocarril era, en pueblos como Cañada de Gómez, el punto de partida de la futura expansión. Margarita se ubica allí como protagonista y es en este sentido que la memoria de Margarita deja de ser sólo individual para ser también una “memoria colectiva”.[3]
ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE LA MEMORIA
Lo que recuerda y escribe Margarita Hansen es mediado por un abismo de sesenta y cuatro años. En ese lapso interactuó con una comunidad que se reflejó primero en lo oral para luego hacerlo en lo escrito. Empecemos por recordar un fragmento de Selma Leydesdorff que dice:
“…la gente es proclive a recordar conscientemente los acontecimientos integrados en estructuras sociales (…) Toda persona realiza una selección sobre la base de lo que de ella se espera que recuerden (…) Un paso más: la identidad de toda posible mujer individual se basa en la interacción de la memoria colectiva del grupo al que pertenece y la memoria de su vida personal, que se enmarca en la memoria colectiva, ya como parte de ella, ya como su contrapartida”[4]
Entonces lo que Margarita escriba estará condicionado por “lo que de ella se espera que recuerde”. Es así como podemos ver en el relato un viaje repleto de aventuras, una tierra lejana que parece encantada y una Argentina salvaje. Pero lo que ella elige para contar no sólo es “lo que se espera”, sino que también podemos hablar de lo que no se espera de ella o de lo que prefiere omitir. Margarita, que hace mención al cólera que asoló varias provincias en 1886, dice:
“…yo podría contar mucho sobre ello, pero sea lo que sucedió, hace mucho está olvidado”.
Quizás las siguientes líneas de Paloma Aguilar Fernández nos den una perspectiva más interesante y clara sobre los problemas que enfrentamos:
“Se establece una influencia mutua entre el pasado y el presente, porque es el presente el que `selecciona´ el pasado relevante para cada momento y, a su vez, este pasado influye sobre el presente (…) En cualquier caso, no hemos de olvidar que la memoria es algo difuso, en constante evolución y en flujo permanente. Cada vez que evocamos un recuerdo, éste ha de traspasar los filtros del presente; por ello, en cada nueva evocación introducimos leves modificaciones, matices nuevos derivados del momento actual.
“(…) así, no son sólo recuerdos sino también reconstrucciones, y recordar es una actividad que en buena parte depende de las memorias del resto del grupo, que nos ayudan a reconstruir la nuestra. El recuerdo, en definitiva, no puede ser desvinculado de las circunstancias en que se produce, puesto que la memoria siempre incluye elementos del presente” [5]
La protagonista de nuestra historia tuvo que enfrentar “los filtros del presente”, lo que la habrá puesto ante un pasado difuso. De esta forma, el relato presenta ciertos huecos que aparecen como ejemplos: “Poco recuerdo de los demás pasajeros…”; “Creo que detrás de la casa habíamos trazado un pequeño jardincito, pero no recuerdo si hemos cosechado alguna vez algo.”; “Se sembraba, cosechaba y trillaba con caballos, trigo y también maíz. No recuerdo si el rendimiento era mucho o suficiente.”; también dice “No recuerdo la fecha cuando esto sucedió…” refiriéndose a la construcción de la casa a la que se mudarían luego de la Estación.
Con respecto al viaje que los lleva de Kappeln a la Argentina, este se describe bastante accidentado. Cuenta que el río que navegan en un principio, el Elba, estaba bloqueado de hielo y una “neblina espesa” no permitía ver adelante: “…los silbidos y el sonar de las campanas nos advertían la proximidad de otras muchas embarcaciones y la sensación de peligro al chocar nuestro casco de la embarcación con los témpanos de hielo, no era precisamente agradable. Efectivamente ese día se fueron a pique varias embarcaciones”. Luego, en el Mar del Norte, recuerda que “una fuerte tempestad” la acompañó a través del Canal de la Mancha y del Golfo de Vizcaya: “…nuestra cáscara de nuez era zarandeada despiadadamente para uno y otro lado por las olas”. A todo eso se suma que en ese viaje ella dice haber visto montañas por primera vez en su vida: “Era un panorama hermoso, y para mí, que no conocía montañas, imponente”.
En tiempos donde el mundo era realmente enorme y salvaje, y donde la tecnología rudimentaria no alcanzaba para ahuyentar la sensación de deriva y peligro, los viajes se presentan nostálgicos y el paisaje fantástico. Margarita dice: “Cuantas semanas, días y meses no veíamos más que agua y cielo (…) mi corazón sentía la grandiosidad de lo infinito”. Y no hay que olvidar en el caso de Margarita la mediación temporal y la necesidad de retomar un pasado lejano que ofrezca algo que contar. Además, es inevitable hacer referencia al romanticismo, movimiento desatado en Alemania a principios del siglo XIX, que se oponía al gran peso que tenía la razón a parir de las Luces del XVIII. A partir de aquí la pasión, los sentimientos, la nostalgia y la naturaleza con todo su misterio y fuerza ocupan el centro del escenario.
Finalmente, es por todo lo mencionado que se considera necesario, en este punto inicial, hacer una advertencia sobre esta o cualquier fuente de tipo personal en el caso de que se pretenda hacer de ella un recurso para la investigación histórica o para el análisis de una realidad ya muy lejana y, como se dijo, peligrosamente interrumpida entre el hecho y el recuerdo.
LA CONSTRUCCIÓN DEL ESTADO MODERNO
La elite argentina de la segunda mitad del siglo XIX consideraba esencial para el crecimiento económico y para la modernización que la población aumentase su tamaño. El ejemplo ya clásico es la frase de Alberdi “gobernar es poblar” de sus “Bases”. En este sentido es que la inmigración llegará, con diferentes etapas, en gran medida desde 1850 hasta la 1º Guerra Mundial. Los censos ayudan a tener una idea del crecimiento demográfico: en 1869 unos 2.000.000; en 1895 3.955.000; y hacia 1914 Argentina tendría 7.885.000 habitantes.
La educación no experimentó un crecimiento menor. Ya con Sarmiento el número de alumnos llegó a 11.000 en un esfuerzo civilizador que buscaba luchar contra la “barbarie” de la época. El censo de 1869 arrojaría una cifra mayor, 82.000 alumnos en todo el país y, en 1883, luego de la Ley Nacional de Educación 1420, el número llegaba a 145.000 para ascender a 250.000 alumnos en 1895.
Por otra parte la organización territorial, los límites, los caminos, los correos y los telégrafos ocuparon la agenda. Ahora bien, cuando se trataba de un proyecto inaprensible financiera o técnicamente, el Estado recurría al mecanismo de concesión. El ejemplo más citado y emblemático es justamente el que nos interesa: el Ferrocarril Central Argentino.
En 1862 una ley daba comienzo al proyecto, autorizando al Poder Ejecutivo a contratar la construcción del ferrocarril que quedaría a cargo de capitales ingleses. Dicho proyecto ya contaba con antecedentes en tiempos de la Confederación y con su derrota pasaría a manos del Estado de Buenos Aires. En ambos casos, el personaje que mayores intereses y posibilidades tenía de adjudicarse la obra fue Guillermo Wheelwright, al que finalmente se le concedería.
Guillermo Wheelwright, nacido en 1798 en Mewbury-Port, Massachssets, fue también capitán de un buque, pero más se distinguió por sus empresas dedicadas a la construcción de vías férreas, muelles y puertos. En esta línea de negocios es que se incorporaría al proyecto del ferrocarril hacia 1855. La intensión de esta empresa era unir la ciudad de Rosario con la de Córdoba. Es en un punto de ese trayecto, a 75 kilómetros de Rosario, que tendría origen, gracias a unas de las tantas estaciones implantadas por el ferrocarril, Cañada de Gómez, a donde llegaría Margarita Hansen luego de que su cuñado, Pedro Reün, consiguiera el puesto de Jefe de Estación gracias a Wheelwright.
Pedro Reün, nacido en Kappeln, Alemania, en 1826, se desempeñaba como capitán del bergantín “George Krell”, que era propiedad del yerno de Guillermo Wheelwright, Pablo Krell. Por esta relación con Wheelwright es que Reün obtendría acciones del F.C.C.A. y luego el puesto en la Estación. Por su parte Margarita Hansen había nacido en ese mismo poblado alemán el 4 de junio de 1847[6]. Finalmente, es el 1º de mayo que Margarita Hansen, su hermana, el marido y sus hijos, llegarían a la Argentina, arribando primero a Rosario para luego llegar a Cañada de Gómez donde, a través del relato, se puede tener contacto con ese país en construcción y los problemas que se desprendían de esa situación.
Podemos empezar mencionando el cólera que acechaba el país y que Margarita tuvo que enfrentar ni bien llegó. Como cuenta Oscar Luis Ensinck en su estudio sobre “Las epidemias de Cólera en Rosario”, el primer caso de cólera en Argentina data de 1856, cuando la goleta “Antoñito”, proveniente de la India, trajo el germen que desembarcaría en Fuerte Argentino (Bahía Blanca). El caso de 1867 al que hace mención Margarita Hansen tiene su origen en Paraguay, durante la guerra de la Triple Alianza que enfrentó a ese país con Argentina y Brasil. Con los ejércitos llegaría a Corrientes, Rosario, San Nicolás, Buenos Aires y también subiría hasta Córdoba por el camino que marcaba el ferrocarril, donde se encontraría entre otras localidades con Cañada de Gómez. Un fragmento de Richard Seymour da una idea de la situación que se vivió en esa zona:
“…En Cañada de Gómez la cosa era terrible. Morían familias enteras en una pequeña colonia alemana, compuesta por veinticinco miembros, dieciocho de estos fallecieron en pocos días. Para dar una idea del estado de desesperación en que la gente se encontraba, podría mencionar el caso de un infeliz estanciero, quien después de ver desaparecer a todos sucesivamente en su casa, al sentirse él también enfermo de cólera se pego un balazo…” [7]
Al cólera se le suma otro problema: los indios, tema que surge en la agenda con la necesidad de organizar y expandir el territorio. En el norte de la provincia de Santa Fe se encontraban grupos tobas, abipones, calcines y mocovíes; mientras que en el sur, zona en la que habitaba Margarita, eran grupos pampas, querandíes, timbúes y caracaraes[8]. Para solucionar esta cuestión contraria a la modernidad se utilizaron campañas militares. En Santa Fe, aproximadamente entre 1858 y 1884, se sumaron las fuerzas del Estado federal y las de la propia provincia para formar un aparato militar con el objetivo de reducir enclaves y definir fronteras. Pero además de la fuerza también se busco, en algunos casos, disciplinar. Con la escuela y la Iglesia en las reducciones, por ejemplo en las de San Javier, Sauce o San Pedro, se sometía a los aborígenes “…a una doble acción educativa y evangelizadora, incentivando el abandono de antiguas creencias y usos…”[9]
El problema indígena no era excepción en Cañada de Gómez, en el sur de la provincia, como lo demuestra un recorte de una carta escrita por Cirilo Peralta, el Juez de Paz de dicha ciudad, escrita entre 1869 y 1872:
“…o que se cré y juzgamos por acá es que los indios no deven estar lejos y sospechamos que en esta luna buelban embadir porque de la asienda que llebaron en la imbación que isieron en San José de la Esquina el 14 de presente los ha estado biniendo por este motivo creemos que no estarán lejos acá tenemos mui pocas armas y municiones…” [10]
Ahora bien, estos problemas comunes a varias provincias se imbricaban con los cotidianos. En la Estación, por ejemplo, Margarita Hansen cuenta que lo encontrado “no era precisamente acogedor”:
“Apenas podíase dar un paso a través de todos los bultos allí amontonados, como ser bolsas con perdices, cueros de chivos llenos de arrope y martinetas y perdices vivas paseándose. Pero… también esto tuvo punto final. En cuanto el tren se puso en movimiento y siguió viaje, se retiraron de la pieza todas estas hermosuras y con esfuerzos unidos y abundantes riegos de agua se barrió el piso hasta dejarlo en condiciones de poder colocar los elásticos de nuestras dos camas para dormir la primera noche en nuestro nuevo hogar.”
Rápidamente se desharían de todo ese desorden. Muy pronto revirtieron la situación y, además de hacer de la estación un lugar limpio y ordenado, con un buen café conseguirían una “fuente de ingresos extras”, sumando luego compra y venta de perdices y un mínimo servicio de alimento para los viajeros.
Esta transformación que puede apreciarse a través del relato de la cronista es la misma que se daba a nivel nacional. Como explicamos, es un momento donde convive el pasado “bárbaro” con la pujanza “civilizadora” presente y proyectada hacia delante. Y ese “orden y progreso” que diluye lo viejo para renovarlo y reestructurarlo, genera situaciones de choque en las que se plasman las diferencias culturales entre inmigrantes y “paisanos”:
“…A veces ocurrían episodios ingratos cuando algún parroquiano exigía más caña y no le vendíamos porque estaba medio borracho. Un día estaba yo casualmente sola detrás del mostrador cuando uno de ellos hizo ademán de sacar el cuchillo. Sin vacilar saqué un revólver e intimidé al cliente en forma tal que tomó las de Villadiego. Quizás no siempre un ardid así logre el efecto deseado, pero gracias a Dios a nosotras esta forma de actuar siempre nos dio resultado.
“De cómo eran de ignorantes los paisanos y creían que una locomotora podía enlazarse igual que un toro, se registró cierto día cuando un jinete llegado a la estación sobre un hermoso pingo con montura plateada y viendo que mucha gente esperaba el tren, alardeó de poder enlazar el tren hasta hacerlo parar, y a pesar de los consejos adversos montó saliendo en busca del tren, para ser traído a la media hora muerto y conduciéndosele en ese mismo tren a Rosario. Claro que el caballo corrió la misma suerte de su dueño.”
Este tipo de personas no sólo se presentan conflictivas a los ojos de Margarita, sino que como dijimos se trata de una situación nacional que se inserta en un contexto de progreso en el que los “vagos y malentretenidos” fueron combatidos en vistas del nuevo proyecto.[11]
En este punto histórico que entra Margarita las contradicciones se dan inevitablemente. Se trata de una transición violenta que busca un cambio económico y social para construir un derecho de propiedad, un mercado laboral y de libre circulación de mercaderías; todos elementos necesarios del nuevo modelo. Esta situación repercute en lo privado, lo cotidiano, en las prácticas consuetudinarias que ceden a un momento único que, con el tiempo y la consolidación de las medidas adoptadas, podrá descansar en la “Civilización” por la que pugnaba la clase política de la época. Otra extracción del relato marca justamente esa transición:
“Quien atraviesa actualmente (1931) la estación o la ciudad de Cañada de Gómez, difícilmente podrá creer que en el año 1867 no existía galpón, taller o edificio alguno. La edificación que hacia las veces de estación se componía de dos piezas y una pequeña cocina. La casa misma era de construcción sólida y fuerte, y según tengo entendido (…) en la época de nuestra llegada componía la estación a mas de lo mencionado un pequeño galpón ubicado al otro lado de las vías y un pozo a baldo y un corral. Del lado oeste de la casa crecía un raquítico paraíso y pasto verde hasta donde la vista se perdía.”.
Observamos en un principio como a partir de eliminada la dicotomía en la Argentina, el Estado moderno se dedica a impulsar un nuevo modelo de país. Vimos algunas herramientas que utilizo este Estado moderno para asegurar la gran transformación económica y social que requería el sistema capitalista. Aprovechando el relato escrito por una inmigrante alemana tratamos de buscar los rastros de ese contexto histórico. Y como el caso de Margarita se compone de dos puntas geográficas, ciertamente distanciadas una de la otra, Kappeln en Alemania y Cañada de Gómez en Argentina, a continuación queremos intentar un recorrido por dichas regiones en busca de una imagen lo más aproximada posible de la mujer y la familia como piezas clave de ese proceso.
UN MODELO DE MUJER PARA UN MODELO DE FAMILIA
PARA UN MODELO DE NACIÓN
Si bien nos centraremos en Alemania para luego pasar a la Argentina, hay formas que no escapan a la mayoría de los países, como es la importancia que se le dio a la familia como sostén del orden social y como formadora de buenos ciudadanos en un siglo burgués de desarrollo “democrático” ¿Pero como se explica la gran disparidad que existe entre el hombre y la mujer dentro de ese sistema político que se supone igualitario?: “Vale la pena distinguir claramente entre la posesión de un derecho y su ejercicio: la mujer sólo es incapaz de ejercerlo, sutileza jurídica importante (…) La autoridad del marido tiene un fin práctico: administrar la sociedad conyugal y dirigir a la mujer y a los hijos, dentro de una distribución de roles conforme a la tradición[12].” A la vez esa estructura se sustenta en una condición “natural”, tal como si existiera desde siempre, que otorga al hombre la supremacía y la obligación de proteger la fragilidad de la mujer y vigilar su conducta. La conducta de la mujer esta directamente relacionada con la familia y la casa. Visto el orden social como la suma de partes, la familia, la casa, el hombre y la mujer aseguran un control celular: cada elemento en su lugar. El orden entonces, aunque sólo sea apariencia, debe ser asegurado utilizando los medios que sean necesarios: “En Alemania, la ejecución por la fuerza, que se autorizó hasta el año 1900, es reemplazada entonces por una acción tendente a restablecer la vida conyugal. Bajo diversas formas, en todas partes los maridos tienen armas para obligar a la mujer a residir en el domicilio que ellos han escogido[13].” La fuerza también esta permitida en vistas del “deber conyugal” que asegura la reproducción o para castigar la infidelidad femenina que atenta contra la misma. Si bien la autora puede referirse tanto a casos protestantes como católicos, unas palabras de Bertrand Russell sobre la “ética cristiana” también pueden ayudar a entender esa “posición de la mujer”: “Era inevitable que la ética sexual cristiana, insistiendo tanto en la virtud sexual, contribuyese en mucho a degradar la posición de las mujeres. Como los moralistas eran hombres, la mujer hacia el papel de tentadora (…) Puesto que la mujer era la tentadora, resultaba deseable reducir sus oportunidades de arrastrar a los hombres hacia la tentación.[14]“
El trabajo que la mujer entrega desinteresadamente al hogar es una pieza clave en el desarrollo del Estado burgués y su sistema económico, el capitalismo, que procura la construcción y la sumisión a roles específicos. La mujer cumplía así su misión invisible en la privacidad del hogar de acompañar un proyecto de país que era apoyado desde lo público por el hombre. La pregunta es cómo se conseguirá esto: “La escuela obligatoria será el instrumento propagador de la moral burguesa, su ideal de estado, familia e infancia. Se pretende generalizar e imponer una educación a las clases populares a través de una lengua nacional que facilite la inculcación de valores…”[15]
El XIX es un siglo en el que la enseñanza primaria y secundaria para niñas esta instaurado en los principales países de Europa. Como señala Marie-Claire Hoock-Demarle, ya en el siglo XVIII la alfabetización de las mujeres aumenta del 14 al 17 %, mientras que “en Alemania (…) ciertas regiones del norte acusan, a partir de 1750, una tasa de escolarización de niñas del 86,5 %[16].” Es la época de las luces y está en la voluntad de los Estados, en especial Prusia, instalar una escolarización obligatoria para los niños de seis a catorce años a partir de 1817, demorándose más para el sur católico donde la educación estaba reservada a los varones, como por ejemplo Baviera, donde no se instaló hasta 1802. Por el contrario, en el norte protestante, donde podríamos ubicar Kappeln, las mujeres llevan una ventaja educativa.
La escolarización obligatoria tendrá sus frutos en la lectura de diarios y libros: “Alemania conoce (…) una extraordinaria práctica de la lectura. El país se cubre literalmente de sociedades de lectura, de bibliotecas de préstamos, de gabinetes de lectura y de otros organismos más o menos privados. Muchas tienen la particularidad de estar abiertos a las mujeres (…) Tras haber ingresado en la red social a través del libro y de su circulación cada vez más organizada, las lectoras utilizan entonces la lectura como autentico instrumento de integración social[17]“. Pero la lectura y su posible efecto, el conocimiento, no debe ser demasiado y, por supuesto, se mantendrá en la mayoría de los casos en un plano privado y sin repercusiones en la liberación política con respecto al hombre. Así, si la alfabetización está al alcance de todas las niñas tanto de capas altas como bajas, el siglo XIX pone límites al segmento femenino, pues “…optar por una educación igualitaria equivale a socavar los cimientos de la sociedad[18]“. En este sentido, el camino del aprendizaje autodidacta es una opción, pero no sin cierta culpa y, por lo general, sigilosamente por ser una vía no aceptada. Además, la erudición femenina era mal vista; se consideraba peligroso y hasta ridículo. Pero lógica y contradictoriamente, la mujer, que es excluida de la “cultura superior”, tiene como misión mesiánica educar a sus hijos, para lo cual le alcanza el nivel básico adquirido, dejando el otro más “elevado” para el hombre, aplicable fuera del hogar, en el mundo de los negocios, en las reuniones, etc.
Pero si las luces y la revolución dan algo de aire a la mujer, la restauración y con ella Matternich reglamentarán y vigilarán su lectura y escritura. Escribir para la mujer decimonónica era, en casi su totalidad, limitarse a la correspondencia, los diarios de viaje, las memorias o, en casos específicos pero sin libertad para su imaginación, traducciones que les eran encargadas y que no rompían con su ámbito privado ni las tareas del hogar. En cuanto a los géneros literarios más altos como las novelas, dramas o teatro, debían correr el riesgo tras ocultarse, por ejemplo, tras nombres masculinos falsos para evitar la censura, el sarcasmo y el desprecio.
La década del sesenta del siglo XIX, en la que partió de Kappeln Margarita Hansen acompañando a su hermana, se caracteriza, en aquel punto geográfico de salida, por un proceso de unificación nacional, mientras que al llegar a la Argentina el contexto es más bien de construcción nacional; aquel proceso burgués en que la familia era pieza clave para el orden no cambiará su esencia al trasladarse a un país en desarrollo como Argentina; por el contrario, es perfectamente funcional y bien recibido. Un Estado primero inexistente y luego débil se aferrará a esa estructura tradicional importada de Europa que permitirá la consolidación de las relaciones sociales y económicas de una insipiente nación. El modelo familiar patriarcal será hegemónico: “Las mujeres de Buenos Aires se encontraban sujetas a este poder masculino, carecían de influencia política y social, en el plano económico eran marginales y tenían a `la virtud´ y al matrimonio como metas y escudos.[19]“
Si en Europa se despreciaba a la mujer trabajadora, un fragmento del capitulo de Graciela Malgesini sirve más para confirmar la misma situación en Argentina que para desmentir la poca participación de la mujer en el mundo público: “En un ambiente social que sancionaba el trabajo femenino, es posible que muchas mujeres no se declararan trabajadoras o no lo admitieran los varones jefes de la familia en el momento del censo (…) Desde la perspectiva cultural de la época, el trabajo era valorado como una actitud propia del hombre y no de la mujer. La legislación laboral y social que comienza a gestarse en el 1900 (…) expresa claramente la prioridad de defender la maternidad como meta específica y fundamental de todas las mujeres, desalentando su ocupación laboral; las mujeres y los niños eran vistos como seres débiles e incompletos”[20].
La estructura patriarcal no cambiará, acentuándose más a partir de la segunda mitad del siglo, ya que en la restante la situación nacional se tiñe de distintas guerras que obligan a un reclutamiento tal de hombres que deja una gran cantidad de hogares con mujeres “a la cabeza”, sin que por esto se pueda hablar de una mayor autonomía femenina. Luego, con el final de la Guerra Civil y el consecuente crecimiento económico entre 1869 y 1914 la mujer pasa a ocupar un lugar menos importante, asumiendo de lleno los roles domésticos y, en casos de capas medias y altas que podían acceder al estudio, cargando el rotulo de maestras con los objetivos pedagógicos-modernizantes.
Tanto en lo privado como en lo público la mujer es pieza clave del naciente sistema capitalista que necesitaba de la difusión de orden y valores para superar una etapa de “Barbarie”. Para asegurar esos objetivos no faltarán herramientas legales: “El concepto de patria potestad había evolucionado desde la rígida jefatura autoritaria masculina de la época colonial hacia una mayor injerencia del Estado, a partir de la sanción de los Códigos de Comercio (1862) y Civil (1871)”[21]. De esta forma , Velez Sarfield también aportaba “Bases” para la organización nacional, dedicándose a la elaboración de ese “dispositivo ideológico-cultural que asentó el modelo capitalista y las nociones de lo público y lo privado en el marco de una nueva relación entre Estado y sociedad”[22].
Hasta aquí la situación en Alemania y en Argentina a nivel nacional. Acercándonos a la provincia de Santa Fe, como es de esperar, no parece haber diferencias con lo dicho: “La familia del pasado evoca una imagen bien definida de la autoridad patriarcal y una subordinación a la misma de los demás miembros, en particular de las mujeres. Caracterizada por una rígida moral, especialmente la moral sexual femenina, concentraba la actividad de las mujeres en las tareas domésticas. El varón era quien debía trabajar fuera del hogar y proveer de los recursos para afrontar las necesidades económicas”.[23]
Retomemos nuevamente el relato de Margarita Hansen. Ahora puede entenderse como mientras los dos hermanos, Augusto y Pedro, cultivaban “una franja bastante grande de tierra (y) contrataron peones para arar…”, ellas, Margarita y su hermana Enriqueta, se ocupaban de “…coser y realizar otras tareas aparte del lavado y quehacer corriente. Yo (dice Margarita) me ocupaba de la cocina ya que mi hermana tenía bastante con el resto de las tareas (…) quitábamos la crema de la leche (…) preparábamos masitas y tortas para la venta y el consumo propio”.
Margarita se casaría en 1871 con Augusto Schnack, el hermano de Pedro, cuando tenía 24 años, y según ella esa unión “fue coronada de venturas y (sus) seis hijos pueden recordar a su padre con orgullo y cariño”. Es claro que en ese contexto el destino del casamiento y la maternidad eran el camino casi único. El hogar, la familia, el matrimonio es para la mujer el refugio obligado y donde se desarrolla el instinto femenino, la virtud, el cariño de la madre y su abnegación para la crianza de los niños. En el caso de Margarita el matrimonio no será menos que eso, sino que al contrario, será ese “hogar dulce hogar” donde encontrará resguardo del aislamiento social, de la separación cultural e idiomática que debe sufrir todo inmigrante: “Para la mujer inmigrante, el matrimonio era su estado natural. La búsqueda de la familia como oasis y reserva estaba fundada en la necesidad de afrontar las carencias, los cambios en el idioma, las costumbres, los valores sociales, los políticos y el desarraigo producido por el transplante en un nuevo país para, finalmente, encontrar un lugar en el mundo…”[24]
El gran esfuerzo de adaptación que impone el desarraigo, y máxime viniendo desde la “vieja Europa” a las jóvenes y desoladas tierras argentinas, se agudiza cuando choca con otro más colosal que es el de organizar una nación. El intento por socializar, educar y nacionalizar es del otro lado la resistencia para mantener las tradiciones, costumbres e idiomas. La familia es un necesario armazón económico y de solidaridad para la búsqueda de estabilidad que trata así de evitar la inseguridad y la soledad que amenaza en su exterior.
Y cuando su hermana regresa a Europa, luego de la muerte de su esposo, los deseos de Margarita de volver también quedan truncados por el deber contraído en matrimonio. La impotencia puede apreciarse en el siguiente fragmento:
“…La despedida no fue fácil, pero había que sobreponerse, dado que mi hermana prefería regresar a su patria y mi deber era estar junto a mi marido, pues los dos estábamos pendientes uno de otro por así decirlo”.
Como dijimos la mujer debe ocupar su rol, al igual que el hombre, ambos dentro de la sociedad y funcionales a ella. Su libertad y sus deseos quedan limitados al ámbito familiar, y las posibilidades de movilidad son sólo con respecto al hombre; donde el vaya deberá, aunque no quiera, ir ella. El matrimonio es una institución que, a pesar del paso del tiempo, mantiene su fuerza. Como suele hacerse, puede buscarse en la religión sus orígenes. En un principio la Iglesia no veía con buenos ojos la fornicación, ni dentro del matrimonio y mucho menos fuera, pero luego la doctrina cristiana la justificará solamente en vistas de la procreación. A parir de aquí el marido puede exigir justificadamente sus derechos conyugales si desea engendrar un hijo. Bertrand Russell dice: “La iglesia católica ha tratado de encubrir esta baja idea del matrimonio con la doctrina de que el matrimonio es un sacramento. La eficacia práctica de esta doctrina reside en que de ella se infiere la indisolubilidad del matrimonio. No importa lo que los cónyuges haga (…) Esto causa, claro está, grandes sufrimientos, pero como este sufrimiento es la voluntad de Dios, debe soportarse.[25]“ Pero un aspecto central del matrimonio es que, además de ser una estructura sagrada y con mandato divino, es también una institución legal, acentuándose esta herramienta mucho más a partir de la formación del Estado Moderno.
Hay más ejemplos en el relato de Margarita que la ubican dentro de esa dinámica familiar:
“…Me refiere al primer viaje de ultramar a la Argentina que realice acompañando a mi hermana, su esposo y sus dos hijos”.
“…El motivo por el cual mi cuñado se decidió por la entonces no tan popular República Argentina, consistía seguramente en que había estado ya varias veces aquí y tenía amigos y también porque había adquirido con sus ahorros algunas acciones del Ferrocarril Central Argentino que recién comenzaba a construirse”.
“…En Rosario nos quedamos trece meses más o menos. Mi cuñado consiguió por intermedio de Mr. Wheelright el empleo de Jefe de Estación de Cañada de Gómez y allí nos trasladamos el 1º de agoste de 1867”.
Vemos en esos fragmentos que nuestra protagonista acompaña, no decide y espera pasivamente a su cuñado hasta que obtenga el empleo de jefe de Estación, trabajo remunerado, a diferencia de las labores del hogar.
Un ejemplo más que puede extraerse del relato y que ilustra el condicionamiento que cae sobre la mujer, se obtiene del momento en que Margarita hace mención a la casa que construían los hermanos Pedro y Adolfo con la intención de abandonar la Estación de Tren. En el puede verse como la organización (impuesta) en la sociedad, hace ajeno y “antinatural” el acceso de la mujer al “mundo de los negocios”, buscando así que sus energías se reserven más bien al hogar y a su administración, a la reproducción y al cuidado de los hijos:
“…proseguíase afanosamente en la construcción de la casa para hacerla habitable a fin de mudarnos a ella. No recuerdo la fecha cuando esto sucedió y como tampoco jamás tuve necesidad de todo lo concerniente a los negocios y la parte comercial, etc.”
Tenemos entonces dos esferas sociales: el mundo de la producción, del trabajo, y el mundo de la casa, la familia y la crianza de los hijos: el hombre con acceso a lo público y la mujer limitada en lo privado. Podemos encontrar un origen lejano de esta división en “el discurso legitimante de la inferioridad”[26] que presenta Aristóteles en su obra. En su concepción el ciudadano era aquel que participaba en la administración de la justicia y en el mantenimiento de los servicios; el resto, mujeres, esclavos y niños, quedaban “naturalmente gobernados” y limitados a lo privado. Al hombre que participaba en la vida pública-política y que era “justamente” superior por meritos le correspondía el gobierno de la mujer.
Margarita Hansen también cuenta que su cuñado, Pedro Reün, “…era en todo sentido una persona buena y excelente, que aliviaba a nosotras las mujeres en lo más posible todas la incomodidades”. Puede verse aquí una nueva separación entre mujer y hombre: el hombre (alemán) parece ser un héroe que llega para ayudarla y aliviarla. Y volviendo atrás en la historia, otro segmento cuenta que:
“Durante el inacabable viaje por el Paraná los señores solían bajar a tierra para casar internándose en las islas…”
Otra división: los “señores” a tierra; señoras y señoritas en la embarcación, observando. Simone de Beauvoir dice en su clásico libro “El Segundo Sexo”, que la mujer es condicionada desde chica, de suerte que si la criarían de la misma forma que el hombre sería mucho más fuerte y osada. Al niño lo visten con ropa cómoda y no retado si sube árboles o techos, sino que por el contrario, es “natural” y saludable que sea intrépido; el mundo es presentado ante el como un desafío a conquistar y el dolor como algo a soportar. En cambio a la niña, inducida a portarse como una señorita, tranquila y adorable, la visten con ropas ajustadas que la limita en los movimientos y hasta los juguetes que le regalan son un determinante y un aprendizaje para su futuro: muñecas, escobas y bajillas en miniatura; al niño autitos y escopetas. Así, la “pasividad” que caracteriza a la mujer no se trata de un dato biológico, sino que “es un destino que imponen sus educadores y la sociedad”. Simone de Beauvoir afirmar que si estimulasen a la mujer sin ataduras “podría manifestar la misma exuberancia, el mismo espíritu de iniciativa y la misma audacia de un varón”[27].
REFLEXIONES FINALES.
LA HISTORIA: OTRA HERRAMIENTA PARA EL ESTADO MODERNO
El primer libro sobre la historia de Cañada de Gómez, de Elías Bertóla, fue escrito unos diez años antes de que Margarita haga lo propio con su relato. Por ello es lógico que Bertóla no haga referencia a él. Hay referencia a ella pero la pone al lado de Pedro Reün, el primer habitante, o como parte del primer casamiento o como madre del primer nacimiento oficial ¿Pero que pasa con la historiografía posterior? Algunas páginas escritas sacan a Margarita del pasado con un poco más de relieve, cosa que no fue necesario con Pedro Reün. Luego de escribir es que Margarita aparece en la historia con autonomía y separada de ese Jefe de Estación, o ese primer matrimonio o ese primer nacimiento. Y es a partir de ese escrito que se la puede encontrar, por ejemplo, en un artículo publicado por el historiador cañadense Gerardo Alvarez[28] o en un estudio realizado por Norma Alloatti.[29]
Pero por esto no podemos olvidar que en un plano más general la historia estuvo y está impregnada por un androcentrismo[30] que puso a la mujer en un plano secundario, accesorio y hasta invisible, contribuyendo con las múltiples herramientas que reproducen las desigualdades. La historia oficial, escrita y divulgada, puso en el centro y como único protagonista al hombre, dejando para la mujer el endeble y efímero circuito de lo oral. Tal como dice Selma Leydendorff:
“…En cierto sentido, las mujeres están privadas de participación en la historia colectiva. Sin embargo, sabemos que las mujeres tienen recuerdos, que una buena parte de la tradición y la memoria colectiva se pasa de una generación de mujeres a otra. Las madres cuentan a sus hijas relatos de mujeres acerca del pasado. Esos relatos parecen estar al margen de la memoria colectiva; pero, una vez más, también son moldeados por esta última” [31]
Puede decirse que de no escribir nuestra protagonista habría estado circunscripta a ese circuito oral de transmisión de los recuerdos, la tradición y la memoria colectiva, diluyéndose con el tiempo y quedando no más que esas referencias del libro de Bertóla. Los circuitos orales inevitablemente mueren con el paso del tiempo[32]. Es ese el papel que le toco jugar a la mujer. Y esa delimitación no está basada de ninguna manera en fundamentos validos, sino que es una mera construcción social que toma las diferencias biológicas para reproducir y perpetuar las sociales, llegando de esa forma a una naturalización y aceptación de los roles funcionales que cada género cumple dentro de la sociedad; la mujer como reproductora y limitada al ámbito privado; el hombre como productor y con acceso a lo público.
[1] Suriano, Juan: El Estado argentino frente a los trabajadores urbanos…, en anuario 14, Publicaciones U.N.R., Rosario,1989
[2] Terán, Oscar: Positivismo y Nación en la Argentina, Uruguay, Editorial Punto Sur, 1987
[3] “La memoria colectiva consta del recuerdo que tiene una comunidad de su propia historia, y también de las lecciones y aprendizajes que, más o menos conscientemente, extrae de la misma. Esto es, incluye tanto el contenido de la memoria (recuerdo de acontecimientos históricos específicos) como los valores asociados a su evocación (lecciones y aprendizajes históricos, modificados, frecuentemente, por las necesidades del presente)”. Aguilar Fernández, Paloma: Aproximaciones teóricas y analíticas al concepto de memoria histórica, Madrid, Instituto Juan March, p. 129
[4] Leydesdorff, Selma: Revista de historia de las mujeres, V. I, Nº 1, enero-junio 1994, Universidad de Granada, p. 40
[5] Aguilar Fernández, Paloma, Aguilar Fernández, Paloma, op. cit., , p. 133
[6] Kappeln era un pequeño poblado perteneciente al distrito de Schleswig-Flensburg, distrito de Alemania que hoy es parte del estado federal de Schleswig-Holstein. Pero hacia el siglo XIX había sido anexado, junto al condado de Schleswig a Dinamarca, y tras las campañas de Bismarck para concretar la unificación Alemana éste paso a formar parte de Prusia.
[7] Seymour, Richard A.,Un poblador de las pampas, Ed. y distr. Del Plata, 1947, Buenos Aires.
[8] Élida Zonzogni, Un mundo en cambio, de la Nueva Historia de Santa Fe, Cap. I, T. VI, editado por diario “La Capital”, Rosario, 2006, p. 12
[9] Élida Zonzogni, op.cit., p. 12.
[10] Archivo General de la Prov. De Sta. Fe, “Archivo Dep. de Coronda 2 Jefatura Política 1869-72, Carta de Cirilo Peralta, Comisario del “Desmochado Abajo” (Cañada de Gómez). En Antología de testimonios del pasado de Cañada de Gómez (1750-1940), realizada por alumnos de la actividad extraclase Museología del Colegio Nacional “Florentino Ameghino”, Cañada de Gómez, 1989.
[11] En la búsqueda de ese modelo se implementaron, por ejemplo, sistemas de conchabo obligatorio que, como señala Elida Sorzogni, “…revelaban elementos paradójicos: si por una parte se trataba de consolidar las lógicas del mercado tendencialmente liberadoras, por otra se procuraba asegurar la soberanía territorial que la garantizara. Las consecuencias no deseadas de aquella paradoja culminaron con el reclamo, desde distintas voces, de herramientas más efectivas y modernas que favorecieron la formación del mercado de trabajo libre.” (Élida Zonzogni, op. cit., p. 16.)
[12] Arnaud-Duc, Nicole, Las contradicciones del derecho, Historia de las mujeres. El siglo XIX, Taurus, Madrid, 1993, p. 109.
[13] Arnaud-Duc, Nicole, op. cit., p. 113.
[14] Russell, Bertrand, Matrimonio y Moral, Siglo Veinte, Buenos Aires, 1968, p. 44.
[15] Ballarín, Pilar, La construcción de un modelo educativo de “utilidad doméstica”, de Historia de las mujeres. El siglo XIX, Taurus, Madrid, 1993, p. 599.
[16] Hoock-Demarle, Marie-Claire, Leer y escribir en Alemania, de Historia de las mujeres. El siglo XIX, Taurus, Madrid, 1993, p.161.
[17] Hoock-Demarle, Marie-Claire, op. cit., pp. 171-172.
[18] Hoock-Demarle, Marie-Claire, op. cit., p. 164.
[19] Malgesini, Graciela, Las mujeres en la construcción de la Argentina en el siglo XIX, de Historia de las mujeres. El siglo XIX, Taurus, Madrid, 1993, p. 657.
[20] Malgesini, Graciela, op. cit., p. 664.
[21] Malgesini, Graciela, op. cit., p. 664.
[22] Cicerchia, Ricardo, Historia de la vida privada en la Argentina, Desde la Constitución de 1853 hasta la crisis de 1930, Troquel, Buenos Aires, 2001, p. 16.
[23] García, Analia, Lo intimo y lo público. Sociabilidad y familia, Cap. V, T. VI, Nueva Historia de Santa Fe editada por el diario “La Capital”, Rosario, 2006, p. 83
[24] García, Analia, op. cit., p. 84
[25] Russell, Bertrand, op. cit., p. 40-41.
[26] Fernández, Ana María, La mujer de la ilusión, Cap. VI, Paidós, Buenos Aires, 1994, p. 136
[27] Simone de Beauvoir, El Segundo Sexo, Siglo Veinte, Buenos Aires, 1962, pp. 25 y 26.
[28] Alvarez, Gerardo, Una alemana en Cañada de Gómez en 1867, En revista “Todo es Historia”, 1983
[29] Norma Alloatti, Ribetes en el traje de clio o lo que las mujeres del siglo XIX escribieron sobre nuestra región, I Jornada de Estudios sobre Rosario y su región, Viejos problemas, nuevas perspectivas
[30] Imelda Arana dice sobre el androcentrismo: “…la ideología de quienes se sitúan en el centro hegemónico de la vida social en la que tienen lugar las relaciones entre la discriminación sexual y otras discriminaciones que afectan las clases, las razas, la edad, se condensa en lo que se ha designado con la palabra androcentrismo”. Ismelda Arana, Formación androcentrica y saberes postergados. El aula escenario de múltiples discriminaciones. Educar para no discriminar. Documento de trabajo Nº 1, REPEM, Montevideo, 2002, p. 11
[31] Leydesdorff, Selma, op. cit., p. 41
[32] “Pienso que, si bien es cierto que en primer término sólo nos encontramos con memorias individuales, también es verdad que con el paso del tiempo, a medida que las sociedades se van haciendo más complejas, los recuerdos van posándose en instituciones de muy diversa índole y así la memoria colectiva de una sociedad llega a constituir una especie de patrimonio común de la misma con la que el individuo se encuentra desde que nace. Las memorias, debido al mismo transcurrir del tiempo, no pueden ser siempre mantenidas por individuos como vivencias propias. Acaban pues residiendo en depósitos sociales (archivos, monumentos, museos, etc.), en los múltiples lugares de la memoria, y llegan a constituir una tradición previa a la existencia de los individuos de momentos históricos posteriores…”. Aguilar Fernández, Paloma, op. cit., p.130

























