Carta de un condenado
Por A. F.
Es importante destacar que no sé para nada cuando puede terminar esta carta. Simplemente debo escribir sin parar hasta que la situación cambie. Esta situación no es cosa fácil y puede ser que la tinta tenga que correr por mucho tiempo. ¿Horas, días, semanas? Usted querrá preguntarme. Debo decirle, querido lector, que la respuesta a su tan razonable inquietud no está en mí, sino en la situación en sí. En resumen, la situación que me toca vivir no está bajo mi control. Existe, me afecta, pero solamente puedo resignarme a escribir hasta que, como le dije, la situación cambie.
Todo empezó en el preciso momento en que me dispuse a tomar medidas sobre los integrantes de mi familia. ¿Si volvería a hacer lo mismo si hubiese sabido que estas serían las consecuencias? Debo reconocer que no. Si hubiese imaginado tan solo la mitad de lo que debo forzosamente vivir en este momento de mi vida, no habría tomado esa medida contra mi familia.
Pero reconozcamos que el castigo por haberlo hecho no es tan cruel como pudo haber sido años atrás. En ese sentido la humanidad avanzó considerablemente. Se me permite, además, dejar de escribir con la autorización de mi vigilante en los momentos en los que necesito dirigirme al sanitario o cuando debo alimentarme. Aunque la parte negativa aparece al momento de dormir. El reglamento indica que el sueño debe concretarse en el lugar, sentado y apoyándose sobre la mesa, con la constatación por parte del vigilante de que se trata de algo incontrolable y no simulado. O sea que si la acción tiene como preámbulo varios cabezazos y una caída abrupta sobre el cuaderno, este será mejor considerado y así puede que el vigilante me tengan piedad y me deje descansar algo más que las tres horas establecidas. Consecuencia de esta modalidad se tuvo la precaución de desarrollar especialmente papel y tinta resistente a las babas que surgen lógicamente de esa posición al dormir. Está claro que se pretende con ello evitar que los textos se pierdan en desteñidas ocasiones.
Como le dije no volvería repetir lo que hice de saber las consecuencias. Pero hay algo ambiguo en todo esto que es difícil de explicar. Usted pensará que estoy loco, pero debo decir que el sistema es apasionante y la experiencia me seduce enormemente.
Siempre me pregunté que sentían los condenados y que consecuencias tenía esta forma de castigo su persona. Bueno, realmente es muy interesante y todo el mundo debería pasar por esto al menos unos días. Claro que el problema está en las condenas largas. Por ejemplo, por algunos comentarios que escuhé a la pasada o que le pude sacar con mucho esfuerzo al vigilante, calculo que mi condena puede oscilar entre los cinco y seis años.
De todas maneras lo importante es que aquí me aseguraron que las consecuencias en lapsos prolongados serían igual de positivas y que no debía temer a la insania porque el sistema estaba suficientemente probado. Esa es la clave entonces: el equilibrio entre sufrimiento por la repetición del acto y las consecuencias positivas que se derivan del mismo. ¿No es fantástico?
Por eso le decía, querido lector, que la humanidad avanzó en el tratamiento de la criminalidad. Muchos, desde afuera, sin haberlo experimentado, consideran esta forma de castigo como algo aberrante. Piensan que es insalubre, inhumano, perverso, espantoso y firmarían al instante para volver a las cárceles donde aseguran que el preso gozaba de mayor libertad. ¡Cuánto se equivocan!
Por eso escribo. Quiero que mi testimonio sirva para que las personas comprendan y que este sistema sea bien considerado. Y por supuesto escribo porque no tengo otra opción. Así que a todos los formatos que abordé en estos dos años (cuentos, folletos turísticos, cartas de amor, anécdotas, chistes, adivinanzas, fábulas, poemas, etc.) agrego esta carta a usted, querido lector.
Qué más puedo contarle. El espacio en el que me encuentro es simple pero efectivo a sus fines. Una mesa con un cuaderno y varias biromes encima, una silla para mí y otra para mi vigilante, que generalmente se entretiene leyendo mis textos (dice que mejoran con el tiempo). También hay una buena lámpara que me brinda una confortable iluminación y una ventana amplia a la que se me permite mirar cada tanto para reconfortar la vista con el paisaje. Justamente ese es otro detalle. Contemplé tantas veces ese paisaje inalcanzable, que lo primero que haré al salir será cruzar el rio para penetrar en el bosque que desde aquí no es más que una cortina. Hasta podría decir que la ventana es un cuadro que ameniza mi estadía pero que la realidad perdió todo consistencia. Por eso deseo profundamente internarme en el bosque. Necesito con desesperación el desplazamiento y los sentidos puestos en la realidad.
Así es querido lector. Espero no aburrirlo y si no le molesta voy a seguir escribiendo, naturalmente.
Ayer escribí sobre Napoleón…
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Sentido común
Por A. F.
Cuando miré fuera por la ventana la lluvia envuelta por el viento no me dejó ver que Mario aún permanecía en la parada. Esperaba el colectivo y aún masticaba los nervios por mi rechazo. Tuvo que caer una secuencia de rayos para que pueda percatarme que estaba ahí. A ese instante de luz Mario lo acompañó con el encendido de un cigarro, así que cuando volvió la oscuridad mantuve mi mirada justo en la braza que bajaba, subía, aumentaba su incandescencia y disminuía al tiempo que volvía a bajar.
Con la siguiente secuencia de rayos me percaté que el también clavaba su mirada en mí. Vi su cara desfigurada por la negativa que todavía permanecía en la dimensión presente. Luego el colectivo se lo llevó. Por varios meses no tuve noticias.
Mi vida continuó y hasta logré prolongar los momentos en los que no ocupaba mi pensamiento en ese tema. Pensé que todo había terminado hasta que una tarde apareció sin avisar:
- Necesito saber por qué me dijiste que no. A esta altura no me interesa que sea un no pero necesito saber por qué.
- Mario, no hace falta un porqué, y si hace falta vos podés saber bien de que se trata. No es un misterio, es cuestión de sentido común. El sentido común no se pone en palabras. Todos conocen su lógica y esta situación es lógica.
- Al diablo con tus explicaciones rebuscadas. No te pongas filosófico. Quiero que lo pongas en palabras.
- A ver, Mario, sabés que si tengo que usar palabras puede que te ofenda, y si vos ya te considerás ofendido por el no, sólo lograríamos aumentar esa ofensa. Aunque te soy sincero, no creo que debas ofenderte. Como te dije, entra dentro del sentido común, o sea que el común de la gente hubiese respondido lo mismo. Así que te pido me permitas ser parte de esa comunidad.
- Podés morirte, eso me haría feliz -finalizó.
A pesar de que realmente sentía que mi negativa era parte del sentido común, y que no hacían falta explicaciones, esas últimas palabras lograron perturbarme. No había una gran amistad con Mario, pero lo que me dolió fue la combinación filosa que utilizó: “Podés morirte, eso me haría feliz”.
Cuando miré fuera por la ventana la lluvia envuelta por el viento no me dejó ver que Mario aún permanecía en la parada. Esperaba el colectivo y aún masticaba los nervios por mi rechazo.
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Rebelón en la granja
Por A. F.
¡Que gran ciudad San Francisco! Esa ciudad que Mitch comparaba con un hormiguero al pie de un puente.
Fue en la tienda de mascotas “Davidson´s” donde Melanie conoció a Mitch, un abogado de facciones épicas que buscaba un par de tórtolas, también llamadas “amantes”, “periquitos”, “inseparables” o “love birds”. Lo raro fue que Melanie, a pesar de la arrogancia con la que se manejó el abogado, lejos de alejarse sintió un extraño deseo de seguirlo hasta Bahía Bodega, un pequeño poblado a 100 kilómetros de San Francisco donde Mitch pasaba sus fines de semana.
El viaje por la carretera de la costa fue maravilloso. Melanie disfrutaba una sensación de estar volando, ese vértigo que da la modernidad, un automóvil descapotable, la velocidad; se sentía libre, fuera de la rutina de la gran urbe. Pero a poco de llegar a Bahía Bodega, luego de sorprender a Mitch, ella también fue sorprendida por el ataque de un pájaro que sin ninguna razón aparente se desbocó en picada sobre su cabeza haciéndola sangrar.
- Melanie ¿Estas bien?
- Si, creo que sí. ¿Que le hizo hacer eso? – preguntó Melanie aturdida.
- No lo se, es lo más extraño que vi. Arremetió contra usted deliberadamente.
Ese fue el comienzo de un fin de semana inexplicable. En poco tiempo los ataques aumentaron hasta lo incomprensible. Primero fue sólo una gaviota; luego miles. Las preguntas y las hipótesis se hicieron inevitables.
- ¿Melanie, por qué atacan los pájaros? Esto es ridículo, tiene que terminar.
- Tal vez haya uno que es el jefe, un gorrión con mucho poder, un poder especial. Por supuesto que no un poder económico, ni siquiera carismático, no, simplemente un poder natural. Y este gorrión es el que está subido a un gran árbol sin hojas, en el medio de una gran y verde pradera y se dirige a todos los pájaros de todas las especies diciéndoles: “¡Pájaros del mundo entero, uníos! Nada tenéis que perder salvo vuestras plumas.”
- Vamos, deja de bromear.
- Conozco una señora que es ornitóloga…
- Perfecto, vamos a preguntarle a ella Melanie.
- No me dejaste terminar. Lo que iba a decir es que no creo que sirva de mucho recurrir a la ciencia en casos como estos. Un científico o una ornitóloga o lo que sea que se rija por cánones racionales no nos creería. Debemos reconocer, Mitch, que el progreso científico, a pesar de ser el culpable del trabajo en las grandes fábricas, de generaciones y generaciones de hombres alienados, de guerras mundiales y de bombas atómicas, y lo digo en plural porque hay muchas bombas que no han estallado y que siguen ahí, pero además, además Mitch, lo digo en plural porque siempre nos acordamos solamente de Hiroshima. Si alguien pregunta dónde tiraron la bomba los yanquis: en Hiroshima. Hasta los más grandes intelectuales como Resnais y Kurosawa les importa un bledo Nagasaki y se cuelgan de lo más publicitado: Hiroshima. Y hasta muchos saben que la bomba se llamaba “Little Boy” (Pequeño Muchacho), que el tipo que la tiró era Paul Tibbets y hasta podrían decirte que fue lo que pinto en el avión: Enola Gay, el nombre de la madre, que ternura… ¿Y el otro, el de Nagasaki? Ah no, ese tiene menos méritos, es menos taquillero… En fin, no quiero irme de tema, pero lo que te decía es que la ciencia, a pesar de todo eso, nos ha brindado la co-mo-di-dad y muchas cosas fantásticas, pero, querido, jamás podrá explicarnos por qué nos atacan estos pájaros endemoniados.
- Oh, yo pensé que quizás…
- Quizás nada Mitch, no pienses en este momento porque de nada te servirá. No hay patrones de racionalidad, no hay esquemas en tu cabeza humana que puedan ayudarte a resolver lo inesperado. Estamos preparados para responder a la rutina, a lo predecible, agradéceselo a la ci-vi-li-za-ción querido. Por ejemplo, hagamos de cuenta que no nos conocemos, que yo vivo acá y que vos sos el que venís a Bahía Bodega por primera vez. Preguntame dónde queda algún lugar haber…
- Bueno… disculpe señora ¿Me podría decir donde queda el Restaurant “La Marea”?
- El pato de pibe con viruta se me atascó en la manga de la camisa, traeme tres baños urgentes si no vas a tener que tomar un barco hasta Budapest.
- Ja. No entiendo.
- Y claro que no entendés, porque vos esperabas otra cosa, que tres cuadras para la derecha que dos para la izquierda que en frente de esto o aquello. El mundo está ordenado por leyes y costumbres que nos permiten vivir sin preocuparnos por lo inesperado. Y aunque te suene terrible, podemos esperar ser aniquilados por una bomba, pero no que la humanidad desaparezca por el ataque organizado de un inmenso, gigante, inconmensurable escuadrón de aves. Claro que no. Lo ilógico, lo asombroso, lo fantástico, muy rara vez o nunca aparece en nuestras vidas. El orden impera. Como también tiene su orden el mundo de la naturaleza, el animal y el vegetal. Los procesos de reproducción y de fotosíntesis, el clima, la temperatura, la lluvia, todo tiene un orden. Así que Mitch, quizás hayamos alterado ese orden y no nos corresponda quejarnos, ni siquiera asombrarnos. Y la ley, literalmente la ley ¿Que puede hacer la policía o un juez? Nada, absolutamente nada. Ante lo desconocido estamos desprotegidos querido; somos más vul-ne-ra-bles de lo que creemos. Además ¿Si éste es el fin del mundo, cual es el problema? No somos el centro del universo, que “gracias a Dios” no podremos alterar, y que de paso me da pie a recordarte que éste es un mundo finito, y ni hablar de la finitud del hombre.
- ¡Es el fin del mundo… una plaga enviada por Dios, un castigo!
- No entendiste nada de lo que dije. No todo tiene que tener una explicación ni una causa ¿No podes soportar que algo quede sin explicación, inexplicable, absurdo, fuera de tus posibilidades, inalcanzable? Ya desde aquel momento no te basto con inventar el origen del mundo, no; tuviste que anexarle como en un combo su final, su destrucción. Y cuando pudiste, cuando las circunstancias tecnológicas te lo permitieron, inventaste volar; y cuando no quisiste que algo vuele inventaste una jaula.
Mitch quedó meditabundo, con la mirada extraviada, un gesto preocupado y recordando aquel gorrión poderoso y un pasaje del Apocalipsis que dice: “Y vi un ángel que estaba en pie en el sol, y clamó a gran voz, diciendo a todas las aves que vuelan en medio del cielo: Venid, y congregaos a la gran cena de Dios…”. Y Melanie, aunque no escuchó su pensamiento, agregó:
- Te creo si me decís que el ataque de los pájaros es una metáfora de la ruptura Cielo-Tierra en el sentido Espíritu-Cuerpo. Pero en todo caso eso no sería un castigo, sino más bien una consecuencia de la inclinación desmesurada hacia lo terrenal del hombre en los últimos tiempos.
Y así hasta llegar a nada pasaron el fin de semana Melanie y Mitch en Bahía Bodega: corriendo de aquí para allá, escapando de una y otra bandada de pájaros revolucionarios ¿Pero estamos seguros de que fue solamente un fin de semana? No creo que sea tan sencillo como abandonarnos a los límites de la narración.
Me acuerdo de muchas películas, casi todas las que vi, en las que siempre el final feliz cierra la historia a la perfección, tal como queremos. Pero esto no es una película, no, no, no… Esto no es ficción donde más allá de los títulos no queda nada. Donde las letras suben como diciendo “bueno amigos se termino la función y el entretenimiento, ahora todos a casa que ya es hora de volver a la realidad. Hasta la próxima…”. No señores. Tenemos que pensar qué hay en ese mundo desconocido, en el que pocas veces nos animamos a entrar. Aunque sea seguro adentro y peligroso afuera hay que salir de la cómoda jaula.
- ¿Mitch…?
- Si Melanie.
- Acabo de acordarme de San Francisco y de tu comparación ¿Será que nos hemos vuelto insignificantes en la gran ciudad? Porque si San Francisco es un hormiguero, ¿nosotros que somos?
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Bombos: Historia verídica en dos capítulos
Por Andrés Fluxa
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Capítulo 2:
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Sábado 17 de abril.
Buenas, me da… – (El almacenero prepara el pedido) – ¿No sabe de dónde venían los bombos de anoche? – Y… el partido de básquet, Sport. – ¿Sport contra quien? – Sport contra Colón.
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Que tal Carlos, ¿como anda? – Hola, bien bien. – Carlos, ¿sabe de qué eran los bombos de anoche? – Los bombos, si, en el sport, porque había partido de básquet, y generalmente cuando hay básquet animan así. – ¿Y por qué tan tarde el partido? ¿A la una de la mañana? – Ah no se. – ¿Qué raro no? – Si, a todo vapor. No sabes como se escuchaba acá adentro de la pieza.
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¿No lo vio al portero? – No, no. – Bueno, ya debe volver. – Si, debe haber salido un rato y vuelve. – ¿Tiene a su hijo jugando acá? – Si, el de allá, de remera blanca. – Aja. (pausa-silencio) Este no parece un buen año para el tenis argentino. – No, la verdad que no. Viene medio flojo. Viste que Nalbandian recién volvió y Del Potro está lesionado así que… – Y bueno. (pausa-silencio) ¿No sabe de qué eran los bombos que se escuchaban anoche a la una de la mañana? – ¿Anoche? Sport le ganó a Colón y se quedaron festejando hasta tarde. Clasificó para los cuartos de final en la categoría “B”.
Capítulo 1:
Viernes 16 de abril.
Tun tun tun. ¡En mi habitación hay bombos! Si. No me lo creo. ¡Bombos! Son la una de la mañana y hay bombos.
Primera posibilidad: ¿Estoy soñando?
No. Me tranquilizo y me doy cuenta que puedo distinguir rápidamente entre realidad y onirismo.
Segunda posibilidad: Tengo mal el reloj.
Puede pasar que en lugar de acostarme 00.30 me acosté a las 9.00. Es una opción. Ya me ocurrió una vez que llegué a trabajar a las 6.00 de la mañana cuando tenía que entrar las 8.00. Pasó que por esas cosas mi reloj estaba adelantado dos horas y me jugó una mala pasada. En ese caso también me dio la sensación de que la realidad no encajaba con los patrones normales. Ese día caminaba por la calle, en dirección al trabajo, y veía menos gente que de costumbre, menos autos y menos luz. Era aún de noche y algo no me cerraba.
1.00 Hs.: Tun tun tun, tun tun, tun tun tun, tun tun, tun tun tun, tun tun, etc.
¿Y ahora? ¿Será una situación similar?
Así que para no levantarme a carear dos relojes apelé a un simple ejercicio.
20.00 Hs.: Asistí a una actividad invitado por medios fehacientes.
21.30 Hs.: Finalización de la actividad.
22.00 Hs.: Cena.
23.30 Hs.: Caminata.
00.30 Hs.: Ya podía estar 100% seguro que a esa hora estaba en la cama, como muchos en el edificio, sumergido en el silencio de la profunda oscuridad, meditando, como se dice, con la almohada; repasando un día más, proyectando el próximo día, planeando el futuro, solucionando el mundo y construyendo fantasías.
Y ahí estaban. Tun tun tun, tun tun, tun tun tun, tun tun. Penetraban muros, persianas y ventanas con persistencia monótona y demoníaca. Estaban adentro. ¡Bombos!
Tun tun tun, tun tun.
Nunca pensé mal de las hinchadas de futbol. Al contrario; en varias ocasiones, como argentino, me jacte de que las nuestras, nuestras hinchadas, eran de las más creativas del mundo. Pero ahora, ahora que irrumpen de forma irreal en mi habitación, ahora me parecen horrendas y se me ocurre que si Mozart viviera moriría.
Tun tun tun.
1.30 Hs.: Siguen allá, allí, aquí.
Haciendo un cálculo auditivo estimo que pueden ser unos 200 mts. Pero están acá, conmigo, a mi lado. Me rodean.
2.00 Hs.: Me resigno y trato de tranquilizarme. En este momento soy una persona en im-potencia. Así que nada, como dicen los chicos. Entonces nada. Ya fue. Me queda cerrar los parpados y tener la paciencia necesaria para que Morfeo sea tan pero tan fuerte que logre vencer a los bombos.
Pero me intriga. Tengo que saber de dónde vienen. Me prometo que mañana lo voy a averiguar.
2.15 Hs.: Finalizo el primer capítulo. Dejaré de escribir, apagaré la luz y volveré a la profunda oscuridad.
Tun tun tun, tun tun…






Hay una fuerte resistencia en mi espíritu que aparece cada vez que debo hacer una crítica, resistencia que puede ser denotada como tensión entre mis estudios y las lecturas de mi agrado. Sucede, muchas veces, que lo que he creído infinitamente hermoso y envidiable no corresponde a lo que la crítica piensa. Será mucho más fácil, como todos dicen, creer que los críticos son escritores fracasados pero en ese conjunto se olvidan que existen otros de una particular naturaleza que se ajustan al asalto del corazón, algo asi como, la espontaneidad que sugiere una lectura que engarza y engloba la propia vida con la sugestiva realidad de la ficción. Mientras existan éstos, creo firmemente que la literatura existirá no ya como formación académica sino como el deseo anticipado de buscar satisfacción, como el deseo de escribir.
Este preliminar no tiene el propósito del vago excusar, su finalidad más bien es el tenerse en cuenta cada vez que se lea una crítica. Como no puedo eludir el contrapeso de mi alma te comento mis reflexiones.
“Carta a un condenado” más que carta le llamaría soliloquio dado que adolece del formato textual de una carta. En cuanto al estilo hay una frase de Séneca que dice “Decir lo que sentimos, sentir lo que decimos, concordar las palabras con la vida” El cuento creo que se queda en la primera proposición. Supongo que un condenado más que exaltar el castigo, la condición o el elíptico encierro estaría sintiendo la condena como un sinsabor interminable. Seguramente una suerte de memoria involuntaria le llevaría a escribir algo más,como las magdalenas en Proust, desencadenantes de recuerdos, una inexplicable sensación del no-estar-aquí.
“Sentido común” un híbrido como los de hoy. Una suerte de reflexión inconsciente de un yo sumergido en sus propias cavilaciones. Personalmente, no me sugiere nada más que pensar. Si ese es tu cometido, bien hecho.
El último. me encanta. Sugiere, sin dudar, la firme conciencia de las propias limitaciones. No puedo dejar de lado que me trae a la memoria textos como “El hombre de la multitud” de Poe y “Los siete viejos” de Baudelaire que abogan en un yo ora perdido, ora curioso, profundamente enclavado de su sin sentido en lo oscuro del progreso, en la monstruosidad y el artifico de la urbe, en Baudelaire, y en los pasos multitudinarios y sugestivos de una atmósfera ensombrecida en Poe.
En un mundo que se volvió loco, desquiciado, la crítica debe ser mordaz.
Mis felicitaciones, que sigas escribiendo. Saludos